Moravia de Chirripó es un valle colgado de las montañas del gran macizo. Ahí la naturaleza nace a borbotones entre los verdes robledales erguidos sobre la fauna rica y virginal. Es un paraje solitario, de cangilones y de un frío agradable. Ahí se percibe la presencia del Creador.
Un mediodía llegamos a ese lugar a lomos de un cuatro por cuatro para llenarnos del aire decembrino en pleno julio. El pueblo está escondido en una planicie tranquila, a 50 kilómetros de Turrialba. El ambiente es puro y la gente es buena.
Las noches son placenteras y el arrullo de la naturaleza se cuela por debajo de la puerta. Los animales salvajes aúllan a lo lejos y el río parte la montaña con un rumor risueño y fecundo. El entorno nos hace olvidar el mouse y el beeper , las horas pico y las reuniones largas y aburridas.
Muy temprano en la mañana, partimos a caballo cuando el Sol se comenzaba a asomar entre los higuerones. Zigzagueando entre trillos nos adentramos en la jungla virgen.
A una hora de camino, el baquiano bajó emocionado de su caballo y nos mostró las huellas frescas del tigre que días atrás había dado cuenta de dos terneros. Seguimos sus pisadas aunque gracias al creador se perdieron en el lodazal del sendero. Casi tres horas después estábamos nadando en las aguas cristalinas del Pacuare: inmenso y vigoroso.
Un grupo de turistas cruzó en sus balsas jineteando la corriente, rebotando entre piedras prehistóricas y diciendo adiós con sus remos en alto.
Almorzamos sobre las rocas y contamos historias de nuestras apresuradas vidas. Al regreso por la montaña nos detuvimos en la reserva cabecar del Chirripó, donde, por primera vez, conocimos a hermanos ticos que no hablan español. Nos mostraron sus ranchos, sus fogones y camastros; también comimos de sus ollas.
Continuamos entre la espesura tropezando con tucanes y loras cuyos cantos taladraban el silencio de la tarde. La llovizna llegó puntual para llevarse nuestro cansancio.
Tres horas más al este estaba el albergue donde, magullados, dormimos envueltos entre los olores de la naturaleza.
La madrugada fue para ir a trotar entre el boñigal del potrero y el jaragua verde tierno. Al regreso había agua dulce, gallo pinto y mucha fruta. También comimos arepas con miel de las que ahora llaman pancakes .
La tarde fue para empacar y decirles adiós a las bellezas que Dios sembró en Moravia de Chirripó. Dejamos atrás el indómito macizo, refugio de tigres, lagartos y tucanes. Nos esperaba la computadora, el coffee maker y las oficinas repletas de gente con mucha prisa y poco tiempo.
(*) Profesor