Toda nación se construye sobre mitos fundacionales que le dan cohesión y consistencia a distintos grupos sociales y étnicos que deciden integrarse y cobijarse bajo una misma nacionalidad y, generalmente, en un solo territorio. Los mitos son construcciones narrativas fabulosas y maravillosas, mediante los cuales, de generación en generación, se transmiten los valores que articulan la sociedad y los códigos de reproducción de la cultura que los une. Los hechos y personajes que dan origen al mito se pierden en el tiempo y el espacio y regularmente no hay posibilidad de verificar si fueron ciertos.
La narración histórica que exalta a nuestros primeros gobernantes, que cultivaban sus propios alimentos al igual que cualquier labriego sencillo, no hay manera de comprobarla, pero de generación en generación hemos creído en esa frugal pobreza y sencillez de los gobernantes a la tica.
El rito es la ceremonia y el acto de costumbre que los miembros de una sociedad realizan, a veces sin percatarse conscientemente, para sancionar positivamente al mito y para garantizar su reproducción en el tiempo y el espacio. La celebración del rito supone un acto social colectivo en que hay una exégesis tácita del mito, y, muy comúnmente, un exorcismo de los malos espíritus que atentan contra el grupo, en este caso la nación.
Sin rasguñarnos. En la nación costarricense, entre varios mitos fundacionales se han destacado el de que en Costa Rica todos somos "igualiticos" y el de que somos un pueblo "pacífico".
Son muchísimas las narraciones mitológicas que recalcan moralejas en las que todos nos vemos y somos iguales, no importando las diferencias económicas y educativas. También destacamos continuamente cómo resolvemos nuestros asuntos "a la tica", sin rasguñarnos siquiera, porque somos un pueblo pacífico. Los mitos no son ni falsos ni ciertos: son la narración de cómo nos vemos y cuál es nuestra historia nacional; son un relato intersubjetivo entre quienes conformamos esta comunidad.
Las recientes escenas de dos expresidentes paseados en desfile por las principales carreteras en esos autos policiales denominados "perreras", fueron ni más ni menos que la celebración nacional de los ritos que confirman los mitos de "igualitos" y "pacifistas".
Miles y miles de costarricenses que seguimos por las calles, por radio y por televisión, los desfiles fúnebres de ambos personajes, lo hicimos -unos con dolor y otros con alegría- celebrando un rito de sacrificio y de muerte simbólica en el altar de la Patria. Se afirmaban así los mitos sobre que en Costa Rica todos somos iguales y que tenemos salidas pacíficas para curar nuestros traumas políticos y sociales.
Necesario desfile. Ha sido un exorcismo fuerte para todos. Espantar los malos espíritus que amenazan al "ser costarricense" como llaman algunos, no ha sido fácil para nadie. Todos hemos tenido miedo al "¿qué vendrá?".
Sin embargo, lo hicimos de manera pacífica y con un trato igual a cualquier sospechoso de delinquir. Nadie les ha deseado el mal a ellos como personas, pero el mito necesitaba el desfile en perrera y una pasantía en la cárcel. No hacerlo hubiese causado un grave e irreparable daño a la historia de la nación. Se confirmaba así que Costa Rica es un país donde los valores republicanos de la igualdad, la justicia y la paz se practican fielmente.
Dentro de 100 años, nuestros tataranietos contarán la narración fabulosa y mítica de dos expresidentes que fueron metidos en prisión por su propia voluntad, que devolvieron todo lo malhabido para que el juicio fuese justo, que siguieron yendo a misa del domingo, que envejecieron como respetados ancianos y que murieron en la decente pobreza, en la que han muerto todos nuestros gobernantes: todo, sin dispararse un tiro, sin un rasguño, sin enfrentamientos sociales, ¡igualiticos y pacifistas!