Mendigo es quien pide plata y méndigo, quien se la niega. Una maravillosa definición de la dignidad: dar, aunque no siempre pueda darse uno solidaridad, compasión, amor; recibir, aunque no se dé nada; pedir, aunque lo que se pida sea atención, una mirada humana, un instante de verdad, dos seres que se encuentran por la vida.
El islam y el cristianismo santificaron la caridad y la limosna como una obligación de la comunidad, aunque la sociedad moderna pervirtió la costumbre de dar y recibir.
El otro día no sé qué me pasó, pero se me pegaron todos los mendigos de la ciudad. No sé por qué, pero la gente que pide me resulta insoportable. Por un lado, me recuerda que soy un ser humano y, por el otro, que no hago nada para justificarlo: ¿qué le doy yo a la vida por estar vivo? Casi nada.
En el centro de San José, un desierto para los milagros, me abordó una mujer con el pelo recogido, llena de guindajos y vestida de hippie . Balbuceó ante mí unas frases, como dando rodeos, y yo preferí hacerme el maje y seguir comiendo. Luego le pregunté que por qué no hablaba claramente. Me respondió que le daba vergüenza abrir la boca pues le faltaban unos dientes.
Me pareció de una dignidad sobrehumana, casi divina. Después me dijo que si no le interesaba algo de lo que vendía y descubrí que, en realidad, vendía incienso, amuletos y cosas así. Le compré lo que tenía y todo lo que pudo reunir no llegó a sumar los mil colones que le di. Era una indigente y no uno de esos miles de ticos que viven con un dólar por día, que viven sin vivir.
Creer que la vida sigue siendo un trueque, que uno aún tiene algo de valor que intercambiar, que uno es merecedor de los regalos de la vida, se me ocurre que es una forma de sobrevivencia.