Las revistas del corazón, en las entrevistas a parejas, encuentran uno de sus mayores gozos cuando los enamorados reconocen que su compañero (a) es su alma gemela.
En algunos casos, la revelación adquiere otro giro semántico: es mi media naranja.
Como si se tratara, entonces, de un concurso para buscar seres idénticos que no pueden trascender separados o medios seres, que deben complementarse para sobrevivir, el hallazgo de esa perfecta armonía consigo mismos, con su otro yo o su otro medio yo, es el cierre perfecto para que el lector vuelque la revista sobre el pecho, entorne los ojos y exhale un suspiro, como en todo cuento de final feliz.
¿Por qué esa persistente y forzada necesidad de empatía?
¿Por qué esa sensación de felicidad y realización vital si somos fanáticos de los mismos programas de televisión, si nos encanta ir de paseo al campo o si descubrimos que ambos amamos las mascotas?
Posiblemente porque es más fácil coincidir que discrepar; al menos es más cómodo. Después de todo no se trata de dormir con el enemigo.
El problema es que las publicaciones del corazón lo ponen como la única meta y el mensaje que llega está tergiversado.
Por razones de personalidad y carácter, uno discrepa con el 50 por ciento de las personas el 50 por ciento de las veces, y eso aplica en toda clase de relaciones. Quien se halla por debajo de esos promedios es porque le está dando quehacer a los estadísticos como un valor extremo o porque es un tercio o menos de naranja o una alma gemela pero de diferente óvulo.
En una reciente entrevista a una reina de belleza, ella y su novio --almas gemelas por supuesto-- coincidieron en señalar que donde más les gustaba ser besados por su pareja era en la boca. Gran oportunidad perdida para que uno hubiera dicho, originalmente, que en la cuarta o quinta vértebra.
Pero ni modo. Para mí, que viva la diferencia. Que lo de almas gemelas y medias naranjas no son más que sandeces.