Aquel día de diciembre, frío, ventoso, me anunciaba que pronto llegaría la Navidad, el año nuevo, y con ellos mi título de médico. Corría el año de 1976 y, en el ocaso de este, mi vida transcurría cansada, después de un año de internado universitario. Terminaba mi capacitación en el Servicio de Hematología del Hospital Nacional de Niños y culminaba así el sueño, añorado por tantos años de sacrificios, de ser médico. Aquel día entré al servicio y vi una carita nueva que me recibió en su camita. Era Anita, niña de tres años, que, con mirada triste y opaca, me decía que se sentía enferma, de un mal que ya no tenía cura. Los sueros guindaban a su lado, como globos que todo niño quiere tener, como guirnalda de fiesta, y su brazo estaba fijo por un cabestrillo para que este fluido vital llegara hasta lo más profundo de sus entrañas tratando de combatir a un enemigo terrible: la leucemia.
Me acerqué a su camita, tomé su manita, que bailaba entre las mías, acaricié su cabecita, desprovista de cabellos por la quimioterapia, y desde lo más profundo de mi ser oré, pedí a Dios por que se equivocara, porque no tenía derecho a permitir que esto sucediera. ¿Por qué a ella, por qué no a otros que tanto daño hacen al mundo? Ella me miraba, esa mirada que a pesar de haber pasado 23 años no he podido olvidar, porque quedó indeleblemente grabada en mi mente. Había un aire de Navidad, de alegría: el árbol iluminado se veía desde su ventana y los enanitos en el césped; pero para Anita cada minuto era luchar por esa vida que se escapaba por sus frágiles manecitas, por su frágil cuerpecito, por todo su ser.
Estrella en poniente. Ese día salí del hospital desmoralizado y, caminando hacia mi casa, pasé frente a un ventanal y vi un pequeño osito café. Se me pareció a ella, frágil, pequeño, bonito&...; y lo compré para dárselo a Anita. Al día siguiente, llegué de nuevo al hospital y la busqué. Su mirada estaba cada vez más perdida y sus ojos, con menos luz, me sonrieron al ver el pequeño regalito. Lo tomó en su mano, lo besó y me dijo: "Este sos vos." Me quedé pensando: "Con cuán poco se alegra un niño, aun ante su propia muerte". Me entregué a mis labores cotidianas.
A media mañana, recibí una llamada urgente del salón. Intuí que era Anita, salí corriendo, llegué al salón y me hallé ante las postrimerías de esta niña, en ese paso difícil de esta vida hacia otra mejor. Besé su cabecita sin un solo cabello; me sonrió dulcemente y partió abrazada a su regalo de Navidad: su osito café, no sin antes oírle su letal canto:
"&...; este es el hermano grande,
sigue de cerca la coqueta hermana,
el chiquito viene atrás,
la familia toda está."
Algún día te encontraré y estaremos juntos, Anita.
(*) Médico