Opinión

Me haces falta, Anita

"Este dedo es el papá; este otro, la mamá..."

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Aquel día de diciembre, frío, ventoso, me anunciaba que pronto llegaría la Navidad, el año nuevo, y con ellos mi título de médico. Corría el año de 1976 y, en el ocaso de este, mi vida transcurría cansada, después de un año de internado universitario. Terminaba mi capacitación en el Servicio de Hematología del Hospital Nacional de Niños y culminaba así el sueño, añorado por tantos años de sacrificios, de ser médico. Aquel día entré al servicio y vi una carita nueva que me recibió en su camita. Era Anita, niña de tres años, que, con mirada triste y opaca, me decía que se sentía enferma, de un mal que ya no tenía cura. Los sueros guindaban a su lado, como globos que todo niño quiere tener, como guirnalda de fiesta, y su brazo estaba fijo por un cabestrillo para que este fluido vital llegara hasta lo más profundo de sus entrañas tratando de combatir a un enemigo terrible: la leucemia.








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