Cuando el pebetero se encienda hoy en Atlanta con la llama (me imagino que aún natural y no de neón) que declara inauguradas las vigesimosextas justas olímpicas de la era moderna, cientos de millones de personas en todo el mundo presenciarán lo que quizá sean los últimos vestigios del espíritu que inspiró al barón Pierre de Coubertin a restaurar, en 1896, la antigua afición deportiva de los griegos.
Los propios organizadores lo han adelantado: estos serán los juegos "más grandiosos", de "una magnitud que jamás se repetirá". Y no creo que al decirlo estuvieran pensando precisamente en los logros de los atletas, sino en enormes ganancias que depararán todos los contratos y patrocinios comerciales, que poco a poco han comenzado a dictar las órdenes.
Fue en la edición de Los Angeles, en 1984, que empezaron a ser muy evidentes los primeros vestigios de la transformación que ha sufrido el concepto olímpico. Tras una inauguración que rememoraba más a Broadway que a Atenas, emergieron los primeros cambios de horarios y de rutas, para satisfacer criterios de prime time en la televisión, a contrapelo de la seguridad de los competidores.
También para complacer a la pantalla chica, en Atlanta ya fueron cambiados los horarios de cinco de las más espectaculares pruebas de atletismo, por razones valoradas en $1.000 millones: el ingreso por las transmisiones y la cuota de los patrocinadores.
Según se ha filtrado, en el acto de apertura de hoy -lleno de coreografías y bailarines- irrumpirán en escena 30 pick-up Chevrolet, con su marca bien visible, para regocijo de la General Motors, uno de los auspiciadores de los juegos.
En fin, la primacía del gozo visual sobre el significado de las justas, de la parafernalia sobre el deporte como unión de pueblos y culturas, de Hollywood y Coca-Cola sobre el Partenón.