Hace una semana, comenzó "la marcha por la dignidad indígena", desde su cuartel general en La Realidad, en Chiapas, dirigida por el enigmático subcomandante Marcos, 23 comandantes sin armas y con los rostros cubiertos con pasamontañas, así como grupos indígenas, todos los cuales conforman el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Dentro de ocho días, tras 3.000 km y la celebración de 33 actos o estaciones especiales, la caravana llegará a la ciudad de México.
Esta gran marcha, a lo Mao, en la que, a diferencia de aquella, los numerosos comandantes no duermen en camiones, sino que viajan en un autobús turístico, equipado con televisión, aire acondicionado y baño, pone en práctica una de las primeras promesas del EZLN: "avanzar hacia la capital", aunque en esta oportunidad el propósito no es derrocar al Gobierno, como se anunció el 1° de enero de 1994, sino, según lo han proclamado sus dirigentes en estos días, el diálogo por la paz en Chiapas y el reconocimiento constitucional de los derechos indígenas. Conforme avanza la caravana, se intensifican los ataques contra el gobierno del presidente Fox, acuñados en una retórica arcaica, pero sonora y, al parecer, eficaz en muchos países del tercer mundo, y aumenta, a la vez, como en una carrera ciclística, el número de espectadores. El subcomandante Marcos, convertido hoy en héroe nacional por diversos sectores de México, culmina así seis años de permanente e intensa propaganda, de la cual es, sin duda alguna, maestro consumado. Su papel, en circunstancias políticas, sociales, económicas y geográficas ideales, desde 1994, ha explotado un filón publicitario interminable, sostenido y agrandado por la ventaja de la irresponsabilidad personal de este tipo de movimientos.
Esta marcha y, en general, la acción del EZLN competen directamente a México, pero su estrategia, su metodología y su desenlace, positivo o negativo, no pueden disociarse de la realidad de nuestros países por el contenido del discurso planteado, por la proximidad geográfica y por su colindancia, política o militar, con movimientos parecidos en América Latina en estos años. Para el presidente Fox constituye un desafío enorme en los albores de su gobierno, que puede marcar para bien o para mal su desenvolvimiento futuro, pero también lo es para el pueblo mexicano. Así deben entenderlo todos sus dirigentes políticos. Desde esta perspectiva, el ejemplo colombiano, cercano y doloroso, representa el mejor laboratorio. Si el Estado mexicano cede en lo esencial, esto es, en los principios de soberanía, legitimidad y gobierno, transfiriendo o debilitando alguna de sus potestades constitucionales, bien sabe cuál será la consecuencia. El peligro principal radica en no distinguir nítidamente, desde el punto de vista conceptual y práctico, entre la justicia de las demandas indígenas, que deben satisfacerse, y el hecho cierto de una rebelión interna que, como la alianza entre el narcotráfico y la guerrilla colombianas, siempre querrá y exigirá más.
Nosotros no podemos permanecer ajenos a la situación interna de México, máxime si alargamos la mirada hacia el sur y reparamos en la crisis de Colombia, Venezuela o Ecuador, cuyos detonantes han sido, en su orden, el trinomio del narcotráfico, la guerrilla y los paramilitares; el populismo con tintes marxistas del presidente Chávez y la ingobernabilidad en Ecuador, agravada por la creciente oposición de los grupos indígenas. El denominador común causante de estas complejas situaciones ha sido la acumulación de los problemas económicos y sociales, la incapacidad política para reaccionar a tiempo con eficacia y seriedad, y un cierto adormecimiento y hasta complicidad, en muchos casos, de la sociedad civil, reflejo de una menguada cultura ciudadana. El vacío político y la ineficacia gubernamental conducen, en unos casos, a la rebelión; en otros, al populismo mesiánico: y ambos a la fractura del sistema. Si se ponen las premisas, ningún país democrático está exento de este desenlace. Más vale observar y aprender.