Durante su reciente gira por Estados Unidos, el presidente chino, Jiang Zemin, enfrentó constantes críticas por la deplorable situación de los derechos humanos en su país. Las protestas no estuvieron circunscritas a las apariciones públicas del Mandatario. En su larga serie de entrevistas con funcionarios y representantes de diversos sectores norteamericanos, Jiang pudo constatar el malestar generado en el exterior por la represión de las libertades fundamentales en su país.
En especial, el presidente Bill Clinton insistió con su visitante en la necesidad de dar muestras de apertura para alentar una relación política y comercial más fluida entre ambas naciones. La administración en Washington demandó la liberación de los prisioneros de conciencia y, de manera particular, citó el caso urgente de Wei Jingsheng, padre del movimiento democrático chino quien sufre de serios quebrantos de salud. Su salida se logró el fin de semana último, pero el clamor mundial por la represión en China sigue en aumento.
Condenado en 1995 a 14 años de trabajos forzados, escasos seis meses después de haber completado 16 años de cárcel por abogar públicamente en favor de los derechos políticos, Wei requería atención médica inmediata, preferiblemente en el exterior. Su heroísmo en la defensa de la libertad le ganó, desde años atrás, el respeto de la comunidad democrática, subrayado por repetidas nominaciones al Premio Nobel de la Paz. Más importante aún, Wei se convirtió en símbolo de miles de disidentes políticos enviados al gúlag por el régimen de Pekín.
Es inherente a los despotismos amordazar todo asomo de inconformidad cívica, síntoma de la debilidad moral que corroe a los gobiernos espurios. China no ha sido la excepción. A pesar de los islotes capitalistas creados bajo las reformas del desaparecido Deng Xiaoping, el sistema político procura mantener su estricta orientación totalitaria y la conexa praxis de Estado policiaco que antaño predominó en la URSS. Y, como Wei, un sinnúmero de mártires de la libertad ha sido victimizado. Los alcances funestos del orden vigente son manifiestos, asimismo, en la virtual esclavización de niños en fábricas, el comercio de órganos humanos, la represión en Tíbet y el esporádico exterminio de infantes.
Wei desafió la brutalidad del régimen y devino en un paradigma de la dignidad intrínseca del individuo negada por el despotismo chino. Su liberación y ulterior viaje para internarse en un hospital estadounidense respondió a las presiones internacionales y las oportunas demandas del presidente Clinton. El desenlace, desde luego, complace pero resulta insignificante en el universo de injusticia que persiste en China. Ante la exigencia mundial por muestras más efectivas de liberalización, más allá de la salida de Wei, el gobernante chino parece inclinarse por excarcelar a otro famoso disidente: Wang Dan, también enfermo y en peligro de muerte.
Por desgracia, Jiang y sus colegas de cúpula permanecen encasillados en la creencia, propia del dogma oficial, de que es posible apaciguar las censuras externas mediante minúsculos gestos, inocuos y muy distantes de reflejar cambios fundamentales en la naturaleza autoritaria del sistema político. Sin embargo, la comunidad democrática no debe cesar de exigir el respeto de los derechos humanos en China ni en cualquier otro país que los coarte. Vivimos una época de grandes definiciones internacionales y es esencial fortalecer y expandir la vigencia de la libertad en el orbe.