En los evangelios son relativamente pocos los pasajes que mencionan a la Virgen María, pues quizá el interés principal de los evangelistas fue presentar la vida pública de Cristo en la tierra (sobre todo durante la última semana), su obra y el significado de ella. Pero en los pasajes que aparece María el reconocimiento de su carácter especialísimo es claro. "Salve [i.e., alégrate], llena de gracia, el Señor está contigo... vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande", le anunció el ángel Gabriel. María, haciendo uso de su libre albedrío, dijo: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra".
"Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendito es el fruto de tu vientre..." inicia el Ave María, que muchos católicos rezan a diario. Y continúa: "Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores...". La primera parte proviene de dos importantes saludos (el referido del ángel Gabriel y el de Isabel, la madre de Juan el Bautista) relatados en el evangelio según San Lucas. La segunda proviene de la Tradición católica, constituida por las interpretaciones de los Padres de la Iglesia, los Papas y los concilios. Dice que María no sólo es la madre de Jesucristo, sino de Dios y que ella puede mediar (como lo hizo en las bodas de Caná, para que su Hijo hiciera el primer milagro de su vida pública) con sus ruegos por nosotros, no sólo ahora sino a la hora de nuestra muerte. Esto último no es de aceptación general entre los cristianos, en particular, es rechazado por protestantes radicales, que consideran que en estos menesteres sólo debe contar la Escritura (sola Scriptura) y no la Tradición.
La Tradición católica, bajo el principio de la unidad bíblica (i.e., que el Nuevo Testamento en mucho está contenido en el Viejo Testamento y el primero ayuda a aclarar el contenido del segundo) ha enaltecido la figura de la Virgen María por medio de importantes dogmas. El primero, ya citado, de María como madre de Dios (Theotokos), fue promulgado en el año 431 en el Concilio de Efeso, la bella ciudad en lo que hoy es Turquía que fue el centro de devoción de la diosa griega Artemisa, donde otrora las predicaciones de Pablo causaron tumultos (c.f., Hch 19:23-41). El segundo dogma es el de la Inmaculada Concepción (promulgado en 1854 por el Papa Pío IX) que significa que María fue concebida libre del pecado original que acompaña a todos los demás seres humanos. En su aparición en Lourdes, en 1858, una de las pocas oficialmente reconocidas por la Iglesia Católica, la Virgen dijo a Bernardita: "Yo soy la Inmaculada Concepción".
A ese dogma siguió igualmente (o quizá más) controversial. Se trata del dogma de la Infalibilidad del Papa en materia de fe y de moral, emitido por el Primer Concilio Vaticano en 1870, que entre otros sirvió para reforzar la acción antes mencionada de Pío IX. En 1950 el Papa Pío XII, teniendo presente el particular final terrenal de Elías y Henoc (c.f. 2 R 2: 11-12 y Gn 5:24), estableció el dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo y dio carácter oficial a una creencia que ya existía desde mucho antes y que, entre otras, había sido representada en iconos de la Iglesia Ortoxa relativos al Dormition.
Ahora, según relata la revista Newsweek (25 de agosto 1997), un enorme movimiento de católicos de todo el mundo (que incluyó a la finada Madre Teresa de Calcuta) ha pedido al papa Juan Pablo II que, invocando su Infalibilidad, emita un nuevo dogma sobre la Virgen María: que la declare "Corredentora, Mediadora de todas las Gracias y Abogada de los Hijos de Dios". Esto --según los petentes-- daría el reconocimiento correcto a la "Nueva Eva", quien al decir "Sí" a Dios en la Anunciación y distinguirse de la primera Eva, quien en el Jardín del Edén dijo "No", permitió la redención de la humanidad. Ella, con sus apariciones, generalmente a humildes miembros de la sociedad, simboliza el compromiso de Dios con los pobres. Ella es la Madonna, que da vida, y la Pietá, que en su regazo recibe a los muertos. María, como nos dicen claramente las escrituras, es "llena de gracia y bendita entre todas las mujeres" y, por ende, hemos de estar dispuestos a reconocer también claramente lo que eso significa, con algo más sublime aún que las catedrales de Chartres y Notre Dame, el Ave María de Schubert o la Anunciación, la escena que el arte occidental más ha plasmado en la pintura.
Para otros, la emisión del dogma solicitado a Juan Pablo II (quien, por lo demás, es fiel devoto de la Virgen María) no procede, pues restaría énfasis a Jesucristo, acentuaría de manera innecesaria la autoridad dogmática del Papa y ahondaría, quizá irreconciliablemente, las diferencias entre los miembros de la familia cristiana que siguen el principio de la sola Scriptura y quienes refuerzan las sagradas escrituras con la Tradición. De este criterio participan importantes voceros de la Iglesia Católica y, en particular, los miembros de una comisión de Mariologistas que, a solicitud del Papa, estudiaron la propuesta y --en forma unánime-- se manifestaron en contra de ella.