La dramática historia del matemático John Nash, tema de la excelente y laureada película Una mente brillante , nos permite reconocer uno de los más antiguos y graves problemas de la filosofía: el acceso limitado a la realidad y la ausencia de criterios absolutos para reconocerla. Suponiendo que existan realidad y apariencia, ¿cómo las distinguimos? ¿Cómo llegamos a conocer la esencia real en mundo de apariencias accidentales? Los problemáticos límites que nos permiten distinguir la realidad de la fantasía, en el caso de Nash se confunden por el efecto profundo de la esquizofrenia, terrible enfermedad del alma. En un primer momento de su vida no hubo señal de confusión, de modo que en ese tiempo la fantasía y la realidad coexisten en el plano mental y presentan idéntica configuración pues ambas se encuentran concatenadas por la verosimilitud de leyes lógicas idénticas. En su mente, las formas de lo ilusorio desplazan a las de nuestra problemática realidad, siempre sometida a la potente amenaza metafísica de ser, también ella, pasta de ilusión. ¿Cómo sé que no sueño siempre? ¿Puedo metódicamente guiarme de manera que pueda firmemente asir la realidad y no el engaño, tal como pretendió la poderosa mente de Descartes? Nash ofrece viva y concretamente el paso figurado posteriormente por la acerada lógica del filósofo George Berkeley: no hay manera de distinguir el ser real percibido que suponemos existe en un mundo externo a la mente, de las percepciones elaboradas por la mente humana.
Dos realidades. Estas dudas de la filosofía no son caprichosas y el caso de Nash nos ofrece una muestra de que aún pueden ser vividas en casos extremos. Además Nash sufre estas dudas sin saberlo, terrible condición que podemos compartir como espectadores gracias a la magia del cine, que tiene la virtud de mezclar imperceptiblemente la ficción y la realidad. Las secuencias nos llevan a la imposibilidad de distinguir las "dos realidades" en que se debate la mente de Nash: la del mundo y los seres emergidos de su propia mente, y la del mundo y los seres que acaso emergen fuera de ella. En este caso, la presencia de personas, cosas y acontecimientos los asimilamos nosotros, los espectadores de la película, que clasificamos también a los "seres de celuloide", o sombras que se mueven sobre el fondo de la pantalla en la cueva cinematográfica, según la trama lógica de la obra. Pero chocamos contra esta lógica representativa cuando se distorsiona la regularidad de los seres o del mundo representados, o cuando "se nos dice" que así ocurre... También en el caso de Nash la distorsión causada por la enfermedad mental termina por revelarse a la vista de su propia mente, gracias a la presencia y el aviso de sucesos extraños, sin los cuales la confusión hubiese permanecido oculta para siempre. ¡La niñita mantiene su apariencia y permanece la misma con el paso del tiempo, rompiendo así una de las normas supremas de lo real: todo cambia!
Extraño y revelador. Este dato constituye la pista que permite a Nash sospechar de la fantasía esencial de algunas de las criaturas de su mente. Pero ¿acaso no podrían serlo todas, según hemos visto que han pensado algunos filósofos? Digamos, entonces, que la pista le permite diferenciar a las criaturas que podrían provenir de un mundo extramental real y no solamente creado por una mente humana, de las emergidas en el interior de su propia mente, como la niña que no cambia de tamaño ni de edad, opuesta ella solita a las demás niñas que crecieron y se convirtieron en adultas. Para un berkeleyano dogmático esta niña, como Peter Pan, no podía menos que ser tal como yo la percibo; mas para Nash como posiblemente para casi todos, es un caso extraño y revelador el de esta criatura sustraída a los efectos del paso del tiempo. Este único dato incongruente sirve de soporte interior a Nash para llevar a cabo su terrible guerra espiritual contra los fantasmas creados en lo profundo de su mente y para situarse finalmente en una de sus "dos realidades". Siendo estas casi indistinguibles; sin embargo, una de ellas era "ilusión", y la otra era "nuestra realidad", compartida en la representación por algunos de los otros personajes de celuloide y, frente a ellos en las salas de cine, por nosotros, sus espectadores. ¿Y no podríamos, acaso, nosotros mismos, vivir realmente en dos o muchas ilusiones indiscernibles? Este podría ser un pensamiento acongojante para el espectador desprevenido... Nash, sin embargo, logra doblegar a las pobres criaturas de su atribulada mente y consigue también identificarse con los otros y lo otro, gracias al tratamiento psiquiátrico, las curas a golpes eléctricos, la farmacología y, acaso por encima de todo, por la cálida presencia de su abnegada esposa. Finalmente, en medio de la gran victoria espiritual de John Nash, los seres propios de aquella maravillosa realidad fantástica, reducidos a una presencia distante y casi inactiva, sin embargo "realmente" siempre permanecen observando... ¡tan vasta es la grandiosidad y tan enigmática la hondura del espíritu humano!