El pensamiento de Nietzsche siempre me ha parecido un intento desesperado por ahogar el tormento de un alma enferma. Tengo que admitir que me resulta muy difícil leer sus obras ya que, detrás de la pasión de este autor por despertar las potencialidades individuales, se lee la amargura de la profunda frustración. La gran influencia de su filosofía en el pensamiento contemporáneo me hace creer que esos mismos sentimientos de tristeza han esclavizado nuestro corazón: los discursos de Nietzsche hacen vibrar porque buscamos con ahínco la ilusión de justificar nuestra propia miseria. Y, en efecto, en cualquier lado que miremos, allí se encarnan los valores de la voluntad individual absoluta que, para decirlo en cristiano, no es otra cosa que el egoísmo radical.
Vivimos en una época preocupada por satisfacer el deseo, producto de la omnipresencia de mensajes que nos prometen la felicidad en el consumo. Esto ha ido conformando una nueva cultura, que desprecia todo aquello que no lleve el sello de la satisfacción inmediata. Todo se quiere ya y, si por alguna razón no se puede obtener, entramos en la depresión por no poderlo gozar. Esta lógica moderna causa mucho dolor, porque hemos hecho de la convivencia el lugar de la competencia, de la lucha por conseguir más privilegios y reconocimientos; como si para estar bien entre nosotros fuese necesario vivir en la guerra constante. Se trata de una involución a lo más primitivo que, sin embargo, se maquilla de “modernidad”. Hemos diseñado ideologías que defienden el egoísmo como principio de humanidad, pero con ello hemos perdido el sentido de lo auténticamente valioso.
En abandono. Esta es también la época de las reivindicaciones, pero muchas de ellas se encierran en la búsqueda de nuevos espacios para la individualidad. Buscamos afirmar derechos, pero no garantizarlos a los demás. Anhelamos nuestra felicidad, pero fácilmente pasamos indiferentes ante la infelicidad de otros, por no tratarse de un asunto nuestro. Abandonar resulta hoy una práctica habitual: se abandona a los hijos por motivos de trabajo, se abandona al cónyuge por el descubrimiento de una nueva pasión, nos quitamos de encima el yugo del sacrificio por no considerarlo un camino para conseguir la realización personal, etc.
Nietzsche pregonaba la voluntad de poder como el absoluto que puede hacer de nosotros un superhombre. Pero la verdad es que lo único que hemos logrado es construir sociedades más violentas e injustas y, a la postre, esa situación se nos ha venido encima como un ladrón que atormenta nuestra paz. ¡Cuánta desilusión tendrán que vivir las nuevas generaciones por causa de nuestra obsesión por el ego y sus satisfacciones! Sin embargo, parece que no queremos aprender la lección que diariamente se nos presenta delante de nuestros ojos, como si la realidad de pobreza, injusticia, dolor y violencia fuese solo un espectáculo, una película de horror que terminará cuando en la próxima escena entremos en el ambiente que nos devolverá el placer de satisfacer un nuevo deseo.
¿Alguna solución? Para algunos puede sonar ingenuo, pero creo que hay dos pilares fundamentales para no dejarse cegar por las falsedades ideológicas en boga: la confianza absoluta en la bondad humana (porque somos siempre capaces de amar hasta dar la vida) y la permanente autocrítica, para evitar toda ocasión de daño a los demás y encaminar el sentido de nuestra vida hacia la generosidad. Es un camino que tiene que ser asumido con total libertad y conciencia, apto solamente para los locos que todavía añoran erradicar de su vida la desesperanza que produce el egoísmo. No es, sin embargo, un camino para alcanzar la felicidad inmediata, sino la única manera para hallar la paz que tanto necesitan nuestro corazón y nuestra conciencia.