El viceministro de Educación, Wilfrido Blanco, y profesores de Segunda Enseñanza salieron, el viernes pasado, por los fueros de la libertad y del respeto a los estudiantes, al censurar la pretensión del presidente de APSE, Danilo Rojas, de dictarles órdenes a los educadores sobre la obligación de oponerse, en las aulas, al TLC con EE. UU., Centroamérica y República Dominicana.
Los funcionarios y profesores interpelados hicieron hincapié en la necesidad de promover, en las clases, la discusión de ideas y de los problemas nacionales, a fin de fomentar la capacidad crítica o de raciocinio en los alumnos. Esta dimensión importante de la enseñanza, en la que el profesor debe ser un guía, ha de desarrollarse en un ambiente de respeto y libertad, valores sustantivos del sistema democrático, de la libertad de pensamiento y de expresión, y, por lo tanto, contrarios a la manipulación, a la imposición y a la intolerancia. No debe, con todo, sorprendernos la mentalidad del presidente de APSE y de otros dirigentes sindicales. El fermento ideológico sigue alimentando las posiciones de estos grupos, de espaldas a la evolución de los tiempos, de la cultura y del conocimiento humano. Sus declaraciones no han sido, pues, un traspié, sino una confesión y un diagnóstico.
Estos dirigentes y sus seguidores pueden transitar, si esa es su voluntad y su crecimiento cultural, por los senderos antidemocráticos. Sin embargo, al aceptar un cargo en la junta directiva de una asociación de profesores, en un país democrático, no pueden servirse de esta posición para imponer sus criterios intolerantes y, peor aún, para manosear el ámbito sagrado de la conciencia de los estudiantes. Es lamentable, por ello, que el nuevo presidente de APSE se haya plegado sumisamente a estas posiciones extremistas, impropias de nuestras tradiciones democráticas y educativas. Este proceder verifica lo que es público y notorio: la decadencia de la educación pública. Si los dirigentes de los educadores no tienen empacho en anunciar estas desviaciones, en materia tan sensible, y divorciarse así de los genuinos objetivos y principios de la educación, esto quiere decir que, en nuestro sistema, se mueven fuerzas contrarias a la libertad, a la calidad de la enseñaza, a la dignidad de los estudiantes y a los derechos de los padres de familia.
Estas conductas, que también se observan en ciertos reductos políticos y aun profesionales, ponen de manifiesto, asimismo, cuán prestos están algunos grupos y dirigentes a desviar la atención del país de los verdaderos problemas nacionales. El TLC con EE. UU. es necesario. Sin embargo, desde hace muchos años, muy graves problemas aquejan a nuestro país y nos interpelan a todos, sin que los que hoy vociferan contra un tratado comercial hayan aportado ideas o soluciones factibles. Ahí están, para señalar algunos de los más relevantes problemas, el sistema de salud, la educación pública, la lucha contra la pobreza y la corrupción. Con todo, estos grupos minoritarios soslayan estas grandes cuestiones, que claman por soluciones concretas en beneficio del país, y se aferran a la obsesión antinorteamericana, tan ajena a la cultura política y a la madurez de nuestro pueblo, como ha quedado plasmado en numerosas elecciones políticas.
La ofuscación mental se ha aliado con el cinismo. Se aprobaron pacífica y respetuosamente los tratados con Chile, México y Canadá y, ahora, de pronto, el tratado con nuestro principal -y determinante- socio comercial, EE. UU., es motivo de escándalo, al punto de pretender dominar las mentes de los estudiantes. He aquí un conjunto de señales que no deben pasar inadvertidas.