La inquietud --casi alarma-- de los demócratas franceses está justificada: la ultraderecha xenófoba acapara ya casi un sexto del electorado y se ha convertido en fiel de la balanza entre la izquierda y derecha democráticas en varias regiones del país.
Entre las reacciones más sensatas de los últimos días está la del ministro del Interior, Pierre Chevenement, quien recomendó "preocuparse por las razones" de que el Frente Nacional haya recibido un 15 por ciento de los votos en las elecciones regionales.
Si los políticos tradicionales de un país tan tradicional en política respondieran sinceramente, tendrían que asumir una importante cuota de responsabilidad. Porque mucho del avance extremista de los últimos años se asienta sobre la parálisis de los partidos y dirigentes democráticos frente a los desafíos que enfrenta la sociedad francesa.
Inclaudicables en su adoración del centralismo, del tutelaje estatal y de las rigideces institucionales, ninguna de las grandes agrupaciones políticas ha emprendido una reforma de la envergadura que el país requiere para dinamizar a la economía y la sociedad. Uno de los resultados ha sido que varios ciudadanos, atrapados y frustrados en un peligroso inmovilismo, se han orientado hacia el FN y ahora también a la trotskista Lucha Obrera. Y desde los extremos amenazan la esencia tolerante, lúcida y libre del tejido democrático francés.
Tal como ha dicho el primer minstro Lionel Jospin, es necesario resistir al extremismo. Pero más importante aún es despojarlo de sus banderas. Y esto solo se logrará cuando algún partido democrático tome con ímpetu la bandera de una transformación que regenere al país y lo ponga a tono con las más progresistas corrientes universales.