
Las sombrías predicciones sobre un déficit insuperable de alimentos en el mundo, derivado de las presiones del crecimiento demográfico, resultaron equívocas. Dichosamente, el progreso científico y el perfeccionamiento tecnológico desmintieron las profecías de Thomas Malthus, el economista inglés que en el siglo pasado advirtió sobre un fatal abismo entre la oferta de productos alimenticios y la demanda proveniente de poblaciones en rápida expansión. Fertilizantes, mejores controles de plagas, modernos sistemas de irrigación, innovaciones en semillas y, sobre todo, la creatividad humana, se tradujeron en un dramático incremento de la producción agrícola en el orbe entero.
Sin embargo, y a pesar de esos portentosos avances, cerca de 800 millones de seres humanos sufren hoy una severa desnutrición crónica. A esta preocupante cifra habría que añadir los millones de víctimas de hambrunas causadas no solo por sequías sino, principalmente, por convulsiones étnicas y políticas. La trágica situación actual de los refugiados en Zaire, las recientes penurias de las poblaciones desplazadas a causa de las guerras en Somalia, Bosnia y Chechenia, así como la devastadora ola de inanición en Etiopía durante el decenio anterior, testimonian el desafío para la comunidad internacional de capítulos, por desgracia, cada día más frecuentes y alarmantes.
Precisamente, la segunda Cumbre Mundial de la Alimentación, finalizada la semana pasada en Roma y reedición de la de 1974 en la misma capital, procuró analizar estos problemas y recomendar soluciones de cara al nuevo milenio. Promovido por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el cónclave atrajo delegaciones de casi todos los países miembros aunque muy pocos jefes de gobierno. Tampoco asistieron los mandatarios de las mayores potencias industriales que integran el G-7. No obstante, la cita sirvió para subrayar la necesidad urgente de establecer mecanismos de ayuda alimentaria permanentes y dotados de suficientes recursos. Según el director general de la FAO, el senegalés Jacques Diouf, si las naciones más ricas del orbe dedicaran a esta finalidad lo que gastan en remedios populares para adelgazar durante solo un mes, las soluciones estarían a la vista.
Desde luego, la fórmula no es tan sencilla, pues atender debidamente las necesidades de conglomerados sociales enteros, en distintos puntos del mapa, no depende solo de la cantidad de recursos disponibles. Las hambrunas en Etiopía y, más recientemente, en Somalia y Zaire, patentizan la impotencia de los esfuerzos multilaterales ante los desmanes de gobiernos corruptos o grupos armados que impiden la entrega de comestibles. Por otra parte, las estadísticas mundiales revelan una abundancia global de alimentos, mas su distribución relativa es una historia muy distinta. Debido a anacrónicos subsidios oficiales, los países más prósperos poseen inmensas y costosas reservas alimentarias capaces de satisfacer con creces la demanda mundial durante varios años. En cambio, numerosas naciones no logran alimentar a sus habitantes y no disfrutan de los beneficios de la revolución agrícola porque la cultura local y las prácticas y actitudes de quienes gobiernan inhiben tal modernización.
Converge en este trasfondo la profunda desconfianza de los países donantes en las organizaciones internacionales, motivada por largos años de despilfarro presupuestario y excesos burocráticos. Ello, en gran medida, explica la tendencia de Occidente a responder de manera ad hoc a cada crisis, sin anticipar ni desplegar una auténtica labor preventiva. Tristemente, el hambre en el mundo se origina más en la política que en las calamidades de la naturaleza y combatir este azote demandará acciones que escapan a las citas cumbreras.