Todos hemos sentido la inminencia de un amanecer, es como si el mundo fuera creado de nuevo en cada amanecer por la luz de Dios. Nosotros estamos presenciando un amanecer que poquísimas generaciones han alcanzado a contemplar: el nacimiento, el alborcar lleno de augurios y de retos de un Nuevo Milenio. Pero así como en cada amanecer los encuentros entre la luz y la sombra producen cambios de vida y de formas ante nuestros ojos maravillados, así en este nuevo milenio los costarricenses y todos los seres humanos vivimos intensamente, a veces desconcertados, las vertiginosas e incontenibles transformaciones que acontecen en todo el mundo y en el país.
En la alborada de un nuevo siglo, de un nuevo milenio, presenciamos y vivimos los costarricenses, todas las personas, la sustancial y vertiginosa transformación que experimentan nuestras formas de organización, de vivir en sociedad.
El cambio acelerado abarca desde la trepidante evolución de la tecnología, que en poco más de un instante convierte en obsoleto lo que era novedoso pocos meses atrás, pasando por las notables variaciones en la economía mundial causadas por mercados más abiertos e integrados, hasta una de las más profundas revoluciones experimentadas por la humanidad en siglos: la participación creciente y enriquecedora de la mujer en todos y cada uno de los ámbitos de la vida social.
La esperanzadora luz del amanecer de un nuevo milenio, ilumina renovadoramente todas las cosas, por ello no existe un ámbito del quehacer humano, desde el más complejo hasta el más sencillo, que no haya experimentado una profunda transformación. La cultura, la familia, la educación, el empleo, la crianza de los niños, en fin, todos los aspectos de nuestra vida, han cambiado dramáticamente.
Es comprensible, pues, que muchas veces sintamos dudas. Que nos preguntemos si todo eso nos beneficiará. Como seres humanos queremos tranquilidad, seguridad y estabilidad. Queremos avanzar y progresar, pero sin riesgo ni incertidumbre.
Las dudas tan naturales y esas inquietudes tan necesarias afectan incluso al corazón mismo de nuestra sociedad, el sistema democrático. Esto no es privativo de Costa Rica, acontece en todo el mundo. Por todo el globo, en su hora de mayor éxito, los pueblos han puesto en cuestión al sistema democrático, a partir de tres factores. Exigen, en primer término, una mayor eficacia del sistema democrático para responder a sus necesidades cotidianas y enfrentar la pobreza. Para ello demandan, en segundo lugar, una mayor participación en la toma de decisiones, lo que requiere transformar la democracia estrictamente representativa, sin que ello implique desnaturalizar la necesaria representación. Y, en tercer lugar, las personas están diciendo a voz en cuello, clara y fuertemente, que no van a tolerar la corrupción ni la impunidad de los corruptos.
En los tres aspectos los pueblos tienen razón. La democracia es, sin duda, el mejor sistema de gobierno y de vida social, pero es imprescindible asegurar que sea más eficaz, enriquecedora con mayor participación ciudadana y luchar decididamente contra la corrupción. En esta última tarea es fundamental, también, la participación ciudadana.
Al igual que lenta e implacablemente las malas yerbas se van acumulando sobre el campo, hasta hacer difícil su cultivo por el campesino, así, desde hace más de dos décadas los costarricenses vivimos la frustración de un nivel de bienestar que no corresponde a nuestra fundadas expectativas. Hemos tenido avances, y ahora los tenemos aceleradamente. Pero, honestamente y con razón, no los sentimos suficientes para el bienestar de las familias cuando los comparamos con nuestra historia nacional de progreso y con el bienestar de las naciones desarrolladas.
En lugar de llevarnos a caer en la desesperación, el conformismo o la impotencia, estas dificultades deben fortalecer nuestro compromiso de trabajar con éxito por el progreso de las y los costarricenses, nuestra fe en los valores del humanismo, la solidaridad cristiana y la capacidad creativa de las personas libres y nuestra entrega firme y tesonera a la causa de la democracia.
El progreso debemos construirlo poco a poco, con la participación de todos, con análisis nacional de las consecuencias indirectas y finales de las decisiones, con medidas que requieren esfuerzo y cuyos benéficos frutos solo se cosechan en el largo plazo. Podemos hacerlo. Logros como la Ley de protección al trabajador , el Triángulo de Solidaridad, la protección a la niñez y la vejez y la mejoría en salud, educación y carreteras, prueban que los costarricense somos capaces de alcanzar metas de excelencia, para crecer tranquilos hacia un futuro de progreso y bienestar.
Encontrar en este amanecer las luces. Esa es nuestra tarea. La de todos. Claro que me corresponden mayores responsabilidades. Para cumplir con ellas he hecho un profundo examen de conciencia y actuaciones para rendir hoy mi informe a los costarricenses y tratar de contribuir a que juntos vislumbremos las luces en este amanecer. Para que construyamos juntos un camino que nos permita ir al encuentro del futuro, de un futuro que brinde a la familia costarricenses beneficios solidariamente compartidos por todos.
* Presidente de la República