Los tres primeros evangelios (Mateo, Marcos y Lucas) tienen muchas historias en común y por eso se los conoce como sinópticos. Sin embargo, de ellos el único que habla de la adoración de los magos es el de Mateo (Mt 2: 1-12). El relato es el siguiente:
"Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén diciendo: ë¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle. En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén... Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: ëId e indagad cuidadosamente sobre este niño; y cuando lo encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño... Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre y, postrándose, lo adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino".
De tres a doce. La historia de los tres reyes magos tiene, como veremos, mucho de leyenda. En efecto, el texto bíblico citado no dice que se tratara de tres personas, sino de unos magos. El que se crea que fueron tres, y así se represente en los portales de Navidad, es porque sus ofrendas fueron tres: oro, incienso y mirra. En el siglo VI hasta se les puso nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar. En esto la leyenda occidental discrepa de una tradición armenia y siria, que considera que los magos eran doce, y que no solo da sus nombres, sino hasta los de los de sus padres.
Tampoco dice el texto arriba citado que se tratara de reyes. Esto es una deducción del hecho de que ellos hablaron con el rey Herodes y que, por tanto, debieron tener igual rango. Tampoco es claro que la estrella, que en los portales representamos como un cometa, fuera un cometa o siquiera una estrella grande, pues mucha gente en Jerusalén la habría visto y, sobre todo, si se detuvo en Belén, pueblo que queda a poquísimos kilómetros de allí. A juicio de los expertos, la estrella que cita la Biblia posiblemente fue una conjunción de planetas (Saturno y Júpiter para algunos, Venus y Júpiter para otros) y eso solo lo notaba una minoría de personas sensibles a esos fenómenos, como son los astrólogos. Los magos eran astrólogos. Tampoco el que los magos vinieran de Oriente significa que eran orientales, pues podría ser que el relato sólo indique que por ese lado de la ciudad habían entrado. Una leyenda posterior sostiene que ellos venían de África, Asia y Europa, que equivalía a decir que venían de todo el mundo (recordemos que para entonces nadie sabía que existía América).
Gran alegría. San Lucas agrega a esta historia la relativa al anuncio que a unos pastores hizo un ángel del Señor (Lc 2:10-11) "No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor".
Y los magos, luego de adorar al niño, se retiraron a su país por otro camino.
La importancia de estos relatos del Nuevo Testamento, con la tradición posterior que al texto bíblico se unió, es que confirma la llegada de un Dios que también es de los gentiles. De un Dios de todos, con independencia de nacionalidad, raza, y si son o no circuncidados. Y esto calza perfectamente con el final del evangelio de Mateo (28:19-20) que dice: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y enseñadles a guardar todo lo que yo os he mandado".