
Hace sesenta años, este viejito era un muchacho de veinte y la vida resultaba insegura, sobre todo para los que no queríamos que se repitieran en 1948, los escandalosos fraudes cometidos por el Gobierno en 1944, para impedir que León Cortés volviera a ser el presidente de la República.
Elecciones de 1946. La primera vez que participé en política fue en las elecciones para diputados que tuvieron lugar en 1946; entonces tenía solo 18 años, pero me pusieron de fiscal en una mesa de votación ubicada en la Escuela de Birrí de Santa Bárbara de Heredia. Llegué muy dispuesto a impedir que se cometiera algún fraude y, desde luego, pedí al presidente de la mesa que se abriera la urna de votación antes de empezar a recibir los votos para comprobar que estaba vacía. El policía armado que se encontraba cerca corrió a sentarse sobre la urna, exclamando, con la autoridad que le daba el revólver, que esa urna no la registraba nadie.
Desde ese momento me di cuenta de que estábamos nuevamente enfrentados a otro fraude parecido al del 44. Me dirigí al miembro cortesista de la junta receptora para preguntarle: “Y usted ¿qué piensa hacer?”. Me contestó: “Aquí, usted y yo, lo mejor que podemos hacer es quedarnos callados. Intentar otra cosa podría costarnos la vida y, además, no tenemos armas”.
Triunfo y alegría. Ante la impotencia, tuve la intención de abandonar la mesa, pero luego pensé que sería mejor quedarse ahí para ser testigo de lo que pensaban hacer.
La elección transcurrió en calma, los campesinos de la región llegaban, recibían las papeletas y se dirigían a la urna a depositar sus votos. No hubo ningún incidente. A las seis de la tarde se cerró la votación y comenzó el recuento de los votos emitidos. Yo me quedé tranquilo observando aquello y pude darme cuenta de que las primeras ciento y pico de papeletas extraídas de la urna venían medio arrugadas por el uso que les habían dado los votantes. Mientras salían esas papeletas arrugadas, la oposición iba ganando por un sesenta o setenta por ciento; en eso empezaron a aparecer unas papeletas limpias y bien dobladitas que, curiosamente, resultaron todas a favor de los diputados que serían elegidos por el partido del Gobierno.
Y con esas últimas papeletas blanquitas, los dirigentes del partido gobiernista lograron convertir la derrota en un triunfo que los llenó de alegría.
Así eran las elecciones en aquellos dorados tiempos de Calderón y Picado.
Esta fue la verdadera razón para que muchos costarricenses se vieran obligados a empuñar las armas para recupera el respeto a la voluntad mayoritaria.
¿Se habrá dado cuenta usted de que después del 48 se acabaron los fraudes electorales? El poder se le ha entregado siempre al candidato que obtuvo más votos.
En 1966, las encuestas favorecían al Partido Liberación Nacional; sin embargo, a última hora resultó que don José Joaquín Trejos, candidato de la oposición, estaba ganando las elecciones por solo cinco mil votos de diferencia. Algunos se atrevieron a insinuarle al presidente de la República, don Francisco Orlich, que no reconociera ese resultado. La respuesta de don Chico fue determinante: “Los que intenten desconocer el resultado de las elecciones me encontrarán en la acera de enfrente”.
En 1990 fue elegido presidente de la República el hijo del Dr. Calderón Guardia, y el poder se le entregó sin ninguna reserva ni condición. No cabe duda de que las cosas cambiaron después de la revolución del 48.
Me extrañó mucho que en el programa sobre esa revolución que trasmitió el canal 7 el lunes 28 de abril, no se mencionaran siquiera los fraudes electorales como uno de los motivos principales que justificaron aquella gesta libertaria.