El resentimiento es un humor de alta toxicidad, envenena el alma y, a semejanza de la envidia, perjudica a quien lo profesa mucho más que a quien va dirigido. Es también una afección singularmente variopinta: el resentido social, familiar, profesional y erótico encarnan tan sólo algunos de los subtipos más comunes. Todos ellos palidecen, sin embargo, al lado del más virulento exponente de tal dolencia: el resentido religioso. El paciente experimenta en estos casos profundas crisis místicas, culpa a Dios de todo cuanto le ocurre, se niega a asumir responsabilidad de sus fracasos y alza el puño hacia los cielos en shakespeareano desafío. Blasfema, abjura de sus convicciones religiosas y se convierte en el paladín de una nueva fe. Cuando más fanáticamente dice profesar su nuevo credo, más corrosivo se torna su rechazo por la religión recién descartada. Toda su vida, hasta el momento de la gran revelación, no fue sino un lamentable error que debe ser enmendado con una militancia feroz dentro del nuevo dogma.
Una vez que el dios de turno ha dado muestras de ser tan falaz como el anterior, el resentido asume nuevamente los rasgos del apóstata y reniega a su vez de él. Todo sea antes de reconocerse a sí mismo como el arquitecto de sus propias frustraciones. Siempre es la culpa de algo o de alguien más. El resentido supone que el enemigo es un agente externo, y no lo busca en el único lugar en donde podría encontrarlo: las tenebrosas reconditeces de su propio corazón. El potencial pretérito es su modo verbal favorito: "Si tan solo la vida me hubiera dado esto o lo otro (léase aquí riqueza, talento, oportunidades, salud, belleza, etc.) yo habría llegado a ser todo lo que siempre soñé" --he ahí su grito de guerra, su gran lema vital--.
Más de lo que el ego tolera. El resentido social arenga a las masas, empuña las armas, y denuncia a los cuatro vientos "la inequidad del sistema". El resentido familiar padece su rencor sordamente, se averg,enza en secreto de él, y lo cobija en su corazón como a un pájaro herido: "Mi hermana fue siempre la favorita de mami" --declara para congoja de los presentes, tan pronto los tragos le aflojan la lengua, y la autocompasión se le atora en la garganta--. El resentido profesional invoca cualquier razón que tenga a mano para menoscabar el éxito de los demás: "°desigualdad de oportunidades!", "°nepotismo!", "°argollismo!", y se da a paladear el agrio zumo de la envidia. Todos ellos acusan un rasgo común: están convencidos de que, de una u otra manera, la vida los ha privado de algo a lo que tenían derecho. Su interrogante existencial puede resumirse de esta forma: "øPor qué tiene él lo que yo no tengo?" No se dan cuenta de que el problema de sus vidas radica en la pregunta misma, que debería ser reformulada de la siguiente manera: "øQué habrá hecho él --que yo no tuve la disciplina o valor de hacer-- para tener lo que tiene?" Pero semejante pregunta los llevaría por los peligrosos andurriales del autocuestionamiento, y eso es más de lo que sus egos maltrechos son capaces de tolerar.
El resentido erótico es una especie común en nuestras tropicales latitudes, donde la tumefacta vanidad del macho convierte la conquista amorosa en presea deportiva. El máximo anhelo del resentido erótico consistiría en poder vivir la fantasía de Harry Haller en El lobo estepario; "todas las mujeres que deseaste son tuyas". Como su vida no es otra cosa que un largo inventario de desaires y rechazos, el despechado seductor opta por la misoginia, la sistemática denigración de la mujer, en fin, la consabida parafernalia del macho herido. El resentido erótico se querría Escamillo, pero la vida lo ha condenado a representar más bien el papel del infortunado Don José.
Hiel del rencor propio. El resentido social suele disfrazar su rencor tras las más encendidas militancias políticas. Se erige a sí mismo en paladín de los desposeídos, y enarbola, con pose digna de Delacroix, el estandarte de la equidad y la justicia. Cuando el fragor de la arenga política se ha extinguido, y el trepidante orador queda por fin a solas consigo mismo --momento terrible como ningún otro--, un vago malestar comienza a minarle el espíritu. Se palpa nerviosamente la conciencia, y descubre la supuración de un tumor enquistado en el alma desde su más tierna infancia: durante toda su vida no ha hecho otra cosa que pasarle al mundo la cuenta por el hecho de no haber nacido en Beverly Hills. El autoexamen es tan doloroso, que de inmediato decide encerrarlo bajo doble llave en la más arcana gaveta de su corazón y vuelve a empuñar los estandartes con redoblado ardor. Al auténtico revolucionario lo anima su sentido de la solidaridad y su sensibilidad social: al resentido lo mueve la hiel de su propio rencor.
A pesar de que en el juego de la vida la mitad de las cartas no están en nuestras manos, y son muchas las cosas sobre las que no tenemos control, cada quien termina, a largo plazo, por ocupar exactamente el lugar que merece. El balance final de nuestros triunfos y derrotas depende en última instancia de nuestro coraje y pericia como jugadores. Ni la vida ni el mundo nos deben nada. Ya lo dijo alguna vez Nietzsche: "La vida es mujer; solo se enamora del mejor guerrero". Cesemos los lloriqueos, y atrevámonos de una vez por todas a empuñar nuestro propio destino. El factor determinante en toda claudicación, en todo fracaso, en todo sueño roto no es otro que la endeblez de nuestra inconstante voluntad. El único resentimiento posible es con nosotros mismos por habernos interpuesto en el trayecto de nuestra propia luz.