
Los laudos y las convenciones colectivas fueron durante varias décadas el instrumento favorito de los sindicatos de este país para servirse con cucharón del presupuesto nacional.
Los escritos que los sindicalistas enviaban a los tribunales de trabajo eran piezas de antología, repletas de las más extravagantes demandas para favorecer los intereses de los afiliados con total desprecio por las consecuencias financieras y económicas que dichas resoluciones judiciales, de ser aprobadas las pretensiones sindicales, ocasionarían al resto de la sociedad civil. Para desgracia del país, no se conoce un solo caso de rechazo de un juez de trabajo a las estrafalarias peticiones de los sindicalistas. Al contrario, hubo ocasiones cuando algún juez pecó de ultrapetita en su resolución del laudo, es decir, cuando otorgó más de lo pretendido.
Esa condescendencia, limítrofe con la sumisión, de los jueces de trabajo para los líderes sindicales causó un grave daño a las finanzas del Estado y resultó en un saqueo "sostenible" de los recursos públicos.
Mientras los privilegios y gollerías se perpetraban y legalizaban en los juzgados de trabajo, los políticos de uno y otro bandos se cuidaban de mantener sus boquitas bien cerradas en cómplice y cobarde silencio para no indisponerse con los grupos de presión y correr el riesgo de perder sus votos en una futura elección.
Mi muy cercano y apreciado amigo, don Alexis Gómez Guillén, ha tenido, desde el punto de vista de figurar en la política nacional, una modesta participación oficial: dos veces, no consecutivas, como director de una misma institución, ITCO o IDA, según la época cuando se le llamó de una manera u otra. Pero al contrario de lo que usualmente ocurre con los grandes figurones políticos, su paso por el IDA dejó una huella trascendental en beneficio de los intereses nacionales. Convencido de la inmoralidad de los laudos que pesaban sobre la institución, el licenciado Gómez Guillén se empeñó a fondo en terminar con tan deleznable lacra con el apoyo entusiasta y unánime de sus compañeros de junta directiva. Como sucede con todo intento por erradicar la corrupción institucionalizada en los organismos estatales, la lucha fue larga y difícil, hasta llevar el asunto a la Sala Constitucional, donde un buen día se declaró la inconstitucionalidad de los laudos.
¿Cuántos miles de millones de colones se les ha ahorrado a las finanzas públicas desde que los laudos comenzaron a desaparecer por mandato constitucional?
Otra de las cabezas de la hidra chupasangre se llama convenciones colectivas. A diferencia de los laudos, estas no van a los tribunales de trabajo para su aprobación sino que se pactan intramuros entre los líderes sindicales y los personeros de la administración, sea de una empresa privada o institución del Estado, con el pretexto de encontrar un equilibrio y mantener la paz social en el mundo laboral.
El problema surge cuando las convenciones colectivas se dan en los entes estatales porque allí el precio que exigen los sindicatos para mantener esa "paz social" resulta escandaloso e indignante para el resto de la sociedad, que debe pagar las prerrogativas de unos pocos.
Si bien en una mayoría de países de Occidente se acepta la figura de las convenciones colectivas, en aquellos donde existe verdadero liderazgo político, se han eliminado, o al menos se rechazan las pretensiones para crear irritantes privilegios de grupo en defensa de los intereses de la sociedad.
Ya la prensa nacional se ha ocupado de informar a los costarricenses la clase de "piñata" (10.000 millones anuales) que significan las convenciones colectivas en las instituciones del Estado para beneficio exclusivo de los grupos de presión organizados.
Aunque sea peccata minuta, para muestra un botón: nunca olvidaré lo que le escuché decir hace varios años a un distribuidor de carne de res: "Recope me compra más cortes finos de carne que el hospital México". En otra ocasión fui a las oficinas de la destiladora, en San Francisco de Guadalupe, y en un corredor me topé con un empleado que empujaba un carrito de té repleto de la más fina y exquisita repostería para deleite exclusivo de los jefes. Y como allí, según la Contraloría General de la República, sólo jefes hay...
Ya en otra dimensión, las gigantescas prebendas de que gozan los agentes del INS son el resultado de las convenciones colectivas, a las cuales nunca se han opuesto los jerarcas por aquello de que hoy por ti y mañana por mí. Hace unos años, el país se escandalizó cuando el presidente ejecutivo del INS se pensionó y de paso se llevó ¢22 millones en prestaciones, gracias a la convención colectiva. Pero esa suma ya quedó a nivel de pulpería si la comparamos con los casos más recientes.
Ya es hora de que los ticos no se dejen embobar más por la demagogia sindical y por frases como "la patria no se vende" y "todos somos dueños de las instituciones", etc. Porque los únicos dueños son los sindicatos en avanzado estado de indigestión por engullir tantas golosinas que les caen desde sus adoradas piñatas.