Sic transit gloria mundi... La gloria de este mundo es pasajera. Hace 30 años, pocos hombres gozaban de un prestigio y una celebridad tan fuertes como Ernesto Guevara, guerrillero nacido en Argentina y mano derecha de Fidel Castro en los primeros tiempos de la revolución cubana. Hoy, lo poco que pueden saber de él los jóvenes, es que sus huesos fueron hallados en Valle Grande de Bolivia.
Ernesto Guevara Lynch, hijo de un hogar acomodado, recibió una buena educación bajo la influencia de sus padres, en particular de una madre interesantísima, muy culta, de fuerte personalidad y con excelentes conexiones sociales. Poco después de un largo viaje por América Latina, que interrumpió sus estudios de médico, se graduó pero no quiso quedarse trabajando en Argentina. El conocimiento que había adquirido de nuestro miserable continente, lo marcó de una manera tan profunda, que definió su papel en la vida: ser un revolucionario de cuerpo y alma, de tiempo completo.
Cuando corrían los años sesentas y setentas, la gran mayoría de los jóvenes latinoamericanos se sentían arrastrados por impulsos de cambio social para acabar con una miseria muy semejante a la que hoy tenemos, pero a la que aparentemente hemos renunciado a remediar, y en este empeño Ernesto Guevara se impuso como modelo del hombre de acción, congruente hasta las últimas consecuencias, capaz de entregar su vida luchando por sus ideales.
El Che, como universalmente se le conoció, tenía notables atributos para convertirse en ejemplo para las juventudes revolucionarias, sobre todo las universitarias. Dentro de la corriente marxista que dominaba prácticamente todo el espectro revolucionario de aquellos tiempos, Ernesto Guevara se destacaba por su pensamiento riguroso, sus lúcidos análisis económicos y su constante esfuerzo por anclarse en la realidad latinoamericana para diseñar una guía de acción que se inspirara no tanto en la experiencia soviética o china, como en las circunstancias de nuestro continente. Su palabra escrita era tersa y hasta fría, pero suscitaba respeto; sus discursos huían del panfletarismo tan corriente entre los revolucionarios de cafetín y sus acciones generaban torrentes de admiración. En la lucha revolucionaria en Cuba, a la que se incorporó en calidad de médico, muy pronto tuvo que cambiar el bisturí por el fusil para defender la propia vida y la de sus compañeros; en el transcurso de aquellos largos meses de combate se distinguió por su coraje, arrojo, inteligencia y valor casi temerario.
Tomado el poder a inicios de 1959, asumió tareas duras y complejas, mostrando sencillez y austeridad en su vida privada. Más tarde, representó a Cuba en Naciones Unidas y numerosos foros internacionales; gracias al talento y firmeza que empleó en la defensa de la causa revolucionaria, se convirtió en el embajador de lujo de una nación que enfrentaba al sistema capitalista en múltiples escenarios. Pasados unos pocos años renunció a todos sus cargos -todavía no está muy claro el por qué- y se perdió en la oscuridad por largos meses. Envió cartas lúcidas y emotivas a sus padres, hijos, compañera y Fidel Castro, de las cuales extraigo cortos párrafos que muestran la motivación ética de sus acciones: "Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante; vuelvo al camino con mi adarga al brazo...Creo en la lucha armada como única solución para los pueblos que luchan por liberarse y soy congruente con mis creencias...sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario... Hago formal renuncia de mis cargos en la dirección del partido, de mi puesto de ministro, de mi grado de comandante... otras sierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos..." Quizás uno de los pensamientos más conmovedores e interesantes del Che, que cito de memoria, es aquel en que escribe a un amigo: Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que la condición más importante para ser revolucionario es la del amor.
Después de dos años de ausencia reapareció en Bolivia a finales de 1965 con unos pocos hombres, dispuestos a crear no uno, sino muchos Viet Nam en América Latina. La violencia del sistema social y político, las acciones de dominación del imperialismo yanki y la falta casi absoluta de democracia en nuestros países, justificaban a sus ojos la violencia revolucionaria como método para cambiar el sistema y construir una sociedad más justa. Nunca he podido entender a cabalidad por qué este hombre meticuloso, disciplinado, estudioso de la realidad americana, se metió en una aventura como la de Bolivia. El Che no pudo incendiar Bolivia, ni Paraguay y menos Argentina, aunque sobraban las razones para hacerlo en ese momento. Contrariando la mayoría de los principios de la acción revolucionaria expuestos en su famosa "Guerra de Guerrillas", no logró hacer contacto con el pueblo sufrido y explotado de Bolivia y menos aplicar sus eficaces reglas de táctica y estrategia. Poco a poco fue perdiendo hombres, alimentos, lugares de refugio, contacto con el exterior, hasta quedar aislado con menos de una docena de hombres en la Quebrada del Yuro, donde en desigual combate, frente a numerosas tropas enemigas, fue herido en una pierna y destruido el cañón de su fusil.
En el momento de caer preso el Che era un mito de dimensiones mundiales y una brasa ardiente en manos de los militares de Bolivia. Sin necesidad de grandes exigencias de la CIA el Che fue inmediatamente ejecutado así como sus hombres. Las fotografías que en octubre de 1967 circularon, en las que se ve un Che Guevara flaco, barbado, semidesnudo, con los ojos abiertos de un muerto que no tembló ni un instante frente a sus ajusticiadores, conmovieron al mundo y acrecentaron su figura de mítico guerrillero, hasta tal punto que cuando en mayo de 1968 los estudiantes parisinos tomaron la Sorbona, a uno de sus principales auditorios le pusieron el nombre de Ernesto Guevara.
Ese amor a los semejantes que el Che reclamaba para ser revolucionario es la clase de amor que lleva a ponerse en pie y empuñar las armas para combatir la violencia de un sistema capitalista que todos los días mata a miles de niños de hambre, pese a la abundancia en que vivimos; que condena a la miseria, ignorancia y prostitución a millones de seres económicamente débiles, violencia que hoy sigue tan implacable como cuando los huesos del Che estaban recubiertos por su hermosa carne, guiados por su corazón generoso y al servicio de una mente preclara. Sic transit gloria mundi.