La investidura de José María Aznar como presidente del Gobierno español, el domingo último, inauguró una nueva etapa de tendencia conservadora en los asuntos públicos de ese país. Como señaló el mandatario saliente, Felipe González, el ascenso al poder del Partido Popular (PP), liderado por Aznar, refleja un vuelco hacia la derecha del electorado, producto del desgaste generado durante catorce años de dirección socialista. Otros factores, además, contribuyeron a la derrota de la agrupación de González en las elecciones del pasado 3 de marzo. En especial, gravitaron sobre el resultado el alto nivel de desempleo --cercano al 22 por ciento-- así como el deseo de la ciudadanía de reducir el tamaño del aparato estatal e instaurar una mayor transparencia en el manejo de la hacienda pública.
En su mensaje inaugural, Aznar prometió cumplir esos objetivos. También reiteró su cometido a la integración de España en los planes monetarios de la Unión Europea. Con tal propósito, aseguró que daría prioridad a la tarea de forjar un consenso entre dirigentes empresariales y sindicales en torno a un proyecto fiscal que permita dicha participación sin afectar los programas de pensiones y asistencia médica. Por desgracia, amén de las dificultades de conciliar metas aparentemente dispares, penden los onerosos compromisos hacendarios asumidos por el nuevo Presidente con los partidos regionales cuyo apoyo fue indispensable para completar la mayoría parlamentaria gobernante.
Sin duda, disminuir el desempleo constituye el desafío más urgente de Aznar. Eso no será fácil, máxime a la luz de los horizontes económicos esbozados durante la campaña. Hasta el momento, el mandatario ha soslayado dar detalles sobre cómo piensa conciliar esa amplia y quizá contradictoria agenda. Empero, no podrá postergar mucho tiempo decisiones cruciales. Las presiones de diversos sectores por obtener respuestas claras, principalmente los sindicatos, van en aumento y, en cualquier caso, pronto llegará la hora de presentar al Parlamento los primeros proyectos concretos. En este sentido, sus aliados se han reservado el derecho de ponderar las iniciativas específicas, arreglo que perfila inestabilidad para el Gobierno conservador. Con respecto a la política exterior, Aznar ha anunciado una gestión vigorosa que incluye el respaldo pleno a los compromisos internacionales asumidos por España, sobre todo los concernientes a la OTAN y la misión militar en Bosnia. Asimismo, prometió mantener vínculos estrechos con América Latina. Es de esperar que su enfoque sobre nuestra región marque un cambio positivo tras el errático y polémico quehacer de su predecesor, ambiguo en su adhesión a la causa democrática.
Aznar ha demostrado ser un líder innovador y hábil político. Consiguió matizar de centrismo al PP y, al mismo tiempo, preservar la lealtad del espectro entero de la derecha. Ahora necesitará desplegar esas aptitudes para mantener unida la coalición oficial de cara a las disensiones que desde ya asoman, primordialmente en asuntos fiscales. Y, sobre todo, requerirá articular una serie de medidas para empezar a solventar de inmediato la crisis laboral, logro esencial para sobrevivir en el timón del Gobierno. Sin embargo, no es dable olvidar que a pesar de los incontables obstáculos, hay espacios importantes para satisfacer las aspiraciones populares de cambio patentizadas en las urnas, espacios que Aznar requiere capitalizar mediante la concertación y el diálogo cívico. Esa, al fin de cuentas, es la función de un buen gobernante.
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