Nuestro pueblo tiene una frase graciosa y hasta sonora: “Come cuando hay”. Y en algunas comunidades agregan “...y cuando no hay, aguanta”.
El mensaje implícito general es que no siempre la gente tiene lo necesario para alimentarse.
Llevado al plano socarrón, la gente le dice "come cuando hay" a los zaguates de poco garbo y con aspecto lastimero.
Pero el motivo de este comentario no es la sorna y mucho menos que se crea que estoy haciendo un paralelismo con la última atribución.
Los "come cuando hay" que motivan estas líneas son los miles de niños escolares que están pasando penurias gracias a atrasos en los desembolsos de dinero por parte del MEP, así como por la ausencia de una justa distribución (y asignación) del dinero de los planes llamados "de equidad".
A finales de enero se conocieron los problemas administrativos que retrasaron la autorización de los fondos para becas, transporte y bonos escolares.
Más recientemente, hubo un atraso en el desembolso del giro para los comedores escolares correspondiente a abril. De no ser porque el hecho se denunció públicamente, todavía estaríamos esperando una solución.
Sin embargo, ese hecho reafirmó una cruda realidad. Muchos de nuestros estudiantes no solo reciben clases en condiciones incómodas, sino que no están recibiendo el suficiente estipendio para alimentarse.
¿Qué se puede comprar con ¢65, ¢85 o -en el mejor de los casos- ¢120 diarios para alimentar a nuestros escolares? Si acaso un par de paquetes de cuatro galletas cada uno.
Estos estipendios son risibles y a todas luces insuficientes para brindar una buena alimentación a los escolares.
En especial, si se toma en cuenta que muchos de ellos tienen en los comedores escolares el único lugar para obtener algo de comida.
Indigna enterarse de que en algunas escuelas optaron por darle agua los niños con tal de no gastar plata en azúcar. O, aún más grotesco, que en ciertos centros educativos de Cartago se vieron en la obligación de alimentar a unos estudiantes una semana; a otros, la siguiente y, a los restantes, la próxima.
Si a las quejas por el tipo de educación que reciben nuestros estudiantes, le agregamos la miseria y el hambre, el futuro resulta realmente desalentador.