No termino de entender por qué hay tanta gente a la que le gusta el olor a pólvora. Bueno, digo tanta gente, por decir algo, porque a la gran mayoría no nos gusta, más bien nos parece que eso es algo arcaico, primitivo, inhumano, de gente poco educada e inculta.
No sé, pero a mí, me dan muy mala impresión las personas que se solazan reventando cuanto artefacto de pólvora existe; pareciera que disfrutan del dolor, del olor a carne asada, del olor a guerra. En verdad, no termino de entenderlos y no tengo por qué, pues mi formación es de médico y he sido criado en un país de paz.
Recuerdo cuando roté como interno por el Hospital de Niños y me correspondió vivir las amargas experiencias de ver niños quemados: unos quedaban con horribles cicatrices en la piel, otros perdían partes del cuerpo –un brazo, una pierna–, algunos hasta morían.
De la fiesta al dolor. Parece mentira, pero muchos fueron consecuencia de la celebración de cumpleaños, Navidad, año nuevo… Es decir, la fiesta se convertía en dolor. Y la mayoría de las veces era por culpa de adultos, generalmente familiares, que después lloraban la tragedia a la par de su hija o hijo herido o muerto. ¿Se imaginan que algo así le suceda a uno de sus familiares? Imagínelo por un instante, nada más. Ahora, si eso no lo conmueve, no se qué lo puede conmover.
Estoy seguro de que a muchos eso no les importa, porque es más importante dar rienda suelta a esos instintos perversos que llevan dentro que al amor por los demás seres humanos, incluyendo a sus familiares.
Recuerdo también esas campañas preñadas de amor, humanismoy solidaridad del Hospital de Niños, la Caja del Seguros Social, el Ministerio de Salud, el Instituto Nacional de Seguros, etc.
Por todo esto, quiero dar la voz de alarma por lo sucedido en el 2006 que recién finalizó. No sé si usted, querido lector, vivió una experiencia similar a la que vivimos en Moravia, un pueblo otrora tranquilo. Específicamente la urbanización Los Colegios, donde muchos nacionales y extranjeros se cultivaron en los centros educativos que allí existen, hoy está invadida por unos cuantos incultos, que no pudiendo darse a conocer por su sabiduría, humanismo y amor al prójimo, lo hacen como los bombetas.
Como una invasión. Lo anterior porque cuanta “fiesta” tienen, no dejan dormir al pueblo, con su aterro de “cachiflines”. Esta Navidad y año nuevo, aquí parecía que había una invasión y no una celebración. Como decimos los ticos, “por dicha”, a las tres de la mañana iba terminando el simulacro de invasión y “por dicha” que era nada más un simulacro. ¿Se imaginan en esos pobres pueblos, donde las bombetas y los bombetas son de verdad?
Quiero confesar que esto me preocupa mucho, porque algo que ya íbamos superando, pareciera que vuelve atrás. Lo peor es que estoy consciente de que es una tarea muy difícil, porque tiene que ver con educación y con conductas aprendidas. ¿Cómo cambiar de la noche a la mañana? No sé, pero algo tenemos que hacer. Desde las aulas, las iglesias, las familias, los medios de comunicación, la Caja, el Ministerio de Salud, etc.
No sé si algunos de esos bombetas leerá el periódico o, si lo leen, sean capaces de comprender mi preocupación. De todas maneras, quiero decirles que no nos gusta el olor a pólvora, porque detrás de él hay sufrimiento, muerte y dolor.