Austero y magnífico, el castillo de Chillon se levanta sobre un peñón de roca junto al espectacular lago Lemán, cerca de la ciudad suiza de Montreaux. Sus paredes de piedra blanca y su sólida estructura son testigos de más de ochocientos años de historia. Los reducidos y oscuros espacios góticos de su sótano hablan irremediablemente de François Bonivard (1493-1570), libertario y patriota ginebrino, pero también de Lord Byron, el poeta inglés que lo inmortalizó con la fuerza incuestionable de su poema “El prisionero de Chillon.” Fue él, con su poesía, quien convirtió el castillo en punto de peregrinación y en centro de turismo.
No es de extrañar, entonces, que el recorrido por las mazmorras de este hermoso monumento esté lleno de referencias al poeta y al poema. Precisamente en ese recinto existe hoy una placa colocada en 1924 para conmemorar la visita del poeta en 1816. Al frente, en la tercera columna, justo donde estuvo encadenado Bonivard, se encuentra la rúbrica que Byron mismo estampó sobre la piedra, al igual que lo hicieron cientos de otros visitantes a lo largo del tiempo.
Vida en cautiverio. Al mirar por las ranuras angostas en la parte superior del calabozo que da al lago –hoy luminoso y azul– y, al contemplar las aguas y las montañas que se asoman por entre los barrotes, es imposible no traer a la memoria las poderosas líneas escritas por el poeta cuando tenía tan solo veintiocho años y había abandonado su país dejando atrás un mar de deudas y críticas, producto de su controversial forma de vida.
Siete columnas góticas constituyen el marco impresionante desde donde el prisionero nos narra su vida en cautiverio. En aquel calabozo sin aire o luz, nos relata el personaje, es imposible distinguir el día de la noche, saber si han transcurrido semanas, meses o años. En las épocas frías, la brisa húmeda del lago pringa la celda y le recuerda las mareas y los vendavales del invierno; se acrecienta así su horror de estar doblemente confinado, bajo la tierra y bajo el agua.
Atado a una columna, Bonivard ve morir a dos de sus hermanos, encarcelados como él por haber emprendido luchas libertarias. En el suelo del mismo calabozo entierran sus dos cuerpos. Aquel ser extraordinario, de nobles intenciones, espíritu vivaz y amplio conocimiento, queda abatido ahí por la soledad, la oscuridad y la tristeza , ante todo, por la injusticia y la crueldad de sus captores. Pero sigue siendo un espíritu indomable, amante de la vida. El debilitamiento de sus facultades físicas y mentales no disminuye su condición de héroe, aún cuando la hostilidad del medio acabe por afectar su mente, su capacidad perceptiva y sus sentidos.
“El prisionero de Chillon” es considerado un canto a la libertad. Es, además, una obra de enorme fuerza psicológica e introspectiva. Byron nos acerca en forma minuciosa a los cambios que experimentan el espíritu del personaje y su conciencia. Nos muestra así que aún los grandes héroes no escapan a los efectos nocivos del dolor y de las vejaciones.
Paradójica liberación. Después de seis años de cautiverio, cuando Bonivard es finalmente liberado por quienes para él son simplemente unos hombres anónimos, el patriota revela, por boca del autor, que ya en para entonces, le era igual estar encadenado o libre. “Las cadenas y yo”, afirma el héroe, “habíamos acabado siendo amigos”. La víctima había aprendido a convivir con la desesperanza. Trágicamente, aquel horrible calabozo y sus pesados muros, se habían convertido en ermita y hogar para su alma. Por eso, paradójicamente, la liberación no llega aunada a la celebración o la alegría. Más bien, dice el patriota, “recuperé mi libertad con un suspiro”.
Aunque el poema no lo refiera, son los berneses los que han derrotado al Duque de Savoya y han devuelto la vida y la libertad al patriota y a su amada Ginebra. El poema de Byron no consigna este hecho. La falta de este contexto histórico, sin embargo, agrega dramatismo a aquella historia. Evidencia el desconcierto y la desolación del prisionero.
La revelación final del poema se enfoca más bien en la capacidad regenerativa que tiene el ser humano y en el papel esencial que adquiere en este proceso el contacto con la naturaleza. Es la batalla del espíritu lo que interesa al poeta, su enfrentamiento con las fuerzas del destino. La adversidad es un primer paso en el camino a la verdad, ha dicho Byron en otra circunstancia. Es en la lucha contra la adversidad donde el héroe se encuentra y se define.
La fascinación de Byron con el patriota Bonivard no debe sorprendernos. El poeta fue, también él, un hombre de espíritu libertario. Byron moriría de malaria ocho años más tarde, cuando optó por cambiar la poesía por la acción y partió en un bergantín a defender la libertad de Grecia acosada entonces por los otomanos. Por última vez, su espíritu se enfrentaría a las fuerzas del destino.