Leí con interés el libro Estado de denegación, de Bob Woodward, supongo que imposible de encontrar por esos lares, menos en español. Pero me resultó sumamente interesante por lo que indicaré, desde una doble perspectiva.
El libro demuestra la triste y no tan cándida historia de un emperador desnudo, esta vez en Estados Unidos. Leyendo, he visto confirmado el tema central de un librito que leí hace cantidad de años cuyo título preguntaba: ¿Quién manda en Washington? Entre la Casa Blanca, el Pentágono, la CIA, el Departamento de Defensa, el Consejo Nacional de Seguridad y las dos cámaras, por lo menos seis instancias se ocupan de interpretar y actuar con enormes problemas de enlace. Ello provoca falta de claridad en la cadena de mando, como se evidencia cantidad de veces en el libro de Woodward (por ejemplo, pág. 487). En este caso, el problema se ha visto agravado por la incompatibilidad de personalidades entre los señores Rumsfeld y Rice. Pero más allá de desavenencias, el problema es de percepción: los Estados Unidos, y concretamente su dirigencia política, se encuentran con una caja de Pandora que ellos mismos abrieron, perdiendo cada vez más contacto con la realidad.
Sobre todo en torno a la personalidad del Comandante en Jefe del Ejército, el cuadro esbozado se vuelve dramático. Woodward desentraña perfectamente el mecanismo discursivo de este, en su manejo de la imagen y componente verbal. Este último resulta empobrecido y repetido hasta el cansancio en torno a optimismo, al confundir sus simples deseos (¿o deseos simples?) en realidades fundamentales (¿fundamentalistas?) destino manifiesto de Estados Unidos como policía del mundo.
Increíble resulta observar la sustitución de un análisis lo más objetivo posible de la realidad por una visión voluntarista, de espíritu misionero (407) con un pavoroso desconocimiento de bases históricas y contextos culturales.
Bordeando lo infantil. Nada cariñosamente, a partir de citas de diversos colaboradores suyos, el Presidente se evoca como intelectualmente perezoso (pág. 416 y 419), demasiado confiado en sí mismo (299), sin dudas (325) y con inspiración mesiánica (334). Como en el caso de su modelo confeso, Reagan, se trata de inspirar (aunque sea el terror: 355) más que de informar (332). A través de este prisma, no se hacen preguntas, no se tiene angustias: todo se ve claro. Se observan rasgos bordeando lo infantil (340), hasta cuando uno efectivamente encuentra al Presidente y su asesor Rove jugando (402) o tachando –matando– enemigos (482).
Ahora bien, a medida que iba leyendo, me fui convenciendo también de lo que puse como título, pero en aplicación de la tesis central a lo costarricense. Lo distinto está en que la dolencia, el “no aterrizar” en la realidad, no se palpa en la dirigencia del país, sino en cantidad de personas y grupos, aquí y ahora. No de otra manera interpreto la reacción de ciertos universitarios con su democracia callejera, de grupos sindicales ciegos a la competencia mundial, de fijación judicial en aspectos formales, consagrando impunidad, de una educación que más bien deseduca, etc. Los ejemplos sobran. De verdad, el peor ciego es el que no quiere ver. En fin, que Dios nos coja confesados.