Desde la Revolución Francesa, en Occidente procuramos resumir los idearios políticos de una nación o un partido en tres o cuatro palabras. Las gloriosas Liberté, Egalité, Fraternité de 1789 tuvieron luego diversos avatares. Por ejemplo, el Partido Social Demócrata alemán adoptó el trinomio "Libertad, Justicia y Solidaridad". Ernst Wigorss, apóstol de la socialdemocracia sueca, elaboró una lista más compleja: igualdad, libertad, democracia, seguridad, control consciente de la economía para una producción creciente, y solidaridad (Ver Carlos J. Gutiérrez, 1986). Más recientemente, la CEPAL acuñó una frase de tono tecnocrático, que sin embargo abriga una concepción interesante del desarrollo en los tiempos actuales: Transformación productiva con equidad. En un artículo reciente en esta misma página, Rolando Araya indica que Jacques Delors ha sugerido agregar a los tres grandes conceptos de la Revolución Francesa un cuarto: responsabilidad. En medio de la confusión axiológica e ideológica de nuestro tiempo, conviene volver sobre aquellos conceptos originales de libertad, igualdad, fraternidad.
Los filólogos nos enseñan que el significado de las palabras cambia con el tiempo. No ha cambiado el sentido de la palabra libertad. Esta se entendió en el siglo XVIII, y sigue entendiéndose ahora, como la no sujeción de la conducta social a ninguna autoridad arbitrariamente constituida, sino sólo a las normas y jerarquías que la mayoría decida aceptar. Es por eso que el concepto de democracia, entendido como respeto a la voluntad de la mayoría, es el reverso complementario del de libertad: la otra cara de la moneda.
El concepto de igualdad, aplicado a los derechos políticos y civiles, forma parte ya del patrimonio cultural de Occidente. Cuando se quiere trasladarlo al plano de la economía y el desarrollo, sin embargo, muchos lo encuentran difícil de aceptar. Si bien toda injusticia es detestable, también es cierto que la diversidad es lo que presta dinamismo a las sociedades. Algún grado de desigualdad parece no sólo inevitable, sino también deseable. Los regímenes políticos dedicados a ultranza a la igualdad han dado lugar a inadmisibles abusos y fracasos, que han sumido a millones de personas en la opresión y la desesperanza. Los nuevos tiempos nos traen un concepto más complejo, más rico, que recoge el ideal moral de los revolucionarios franceses, pero se presta menos a abusos y manipulaciones. Se trata del concepto de equidad, que no se refiere tanto a una condición objetiva (Como en "todos somos iguales" o "todos debemos ser iguales") sino más bien a una actitud subjetiva: la disposición, dice la Real Academia, a dar a cada uno lo que merece. Lo difícil, claro está, es definir qué es lo que cada cual merece. Sin embargo, hay algo que todos merecemos; oportunidades. De allí que el concepto de equidad ha venido a entenderse esencialmente como igualdad de oportunidades.
La equidad, entendida como igualdad de oportunidades, (y no en la forma simplista del capitalismo cavernario: "Cualquiera, desde que nace, tiene la oportunidad de hacerse rico") reclama la general satisfacción de las necesidades básicas: salud, educación, vivienda, y, si se quiere tener sociedades algo más civilizadas y prósperas, la lista tiene que alargarse: acceso a la electricidad y la telefonía, al crédito, a la recreación. No se puede presumir que el niño que nace en un tugurio, o el joven que no tiene acceso a un teléfono poseen las mismas oportunidades que el que nace en un hogar acomodado. Existen otros elementos, finalmente, que completan el concepto de equidad: la no discriminación entre hombres y mujeres, o entre personas de distintas etnias. La sola aplicación a fondo del concepto de equidad provocaría grandes cambios en todas las sociedades. Por cierto, uno de ellos sería el incremento en la productividad, y la prosperidad en general, al contarse con trabajadores mejor calificados, y con mercados más dinámicos y con mayor capacidad de consumo.
El concepto de solidaridad, entendido no como la adhesión a los intereses de un gremio, sino a los del conjunto de la sociedad, recoge la esencia del ideal francés de Fraternité, junto con la propuesta -no menos francesa, por venir de Jacques Delors- de agregar el principio de responsabilidad. Solidaridad es la conciencia de que se comparte un destino común; de que lo que hagamos o dejemos de hacer siempre afecta a los demás; de que no hay éxito personal que asegure el de nuestros descendientes , si la sociedad como un todo no avanza hacia mejores horizontes.
Una sociedad libre, equitativa y solidaria... ¿Es tan díficil?