Tenía yo 10 años, la edad en que las cosas ocurren para siempre, cuando vi la primera película doblada al castellano. Me gustaban las cintas de acción en aquella época, cintas que favorecían el doblaje: el vaquero, digamos, insultaba a un apache y este respondía, los dos a puño cerrado y a caballo, lejos del primer plano (los relinchos no se traducían).
Por eso, el otro día, mientras repasaba la noticia de que ciertos productores y distribuidores de Hollywood habían resuelto volver a la práctica, vigente en España, de clonar voces de astros y estrellas, no pude menos que echarle la culpa de todo a mi honrado astigmatismo.
Pero no, la noticia sobrevivió a una segunda lectura, y debí reconocer -medio tarde- que un filme doblado resulta un timo contra el espectador, aunque el timo no se notara en la clase de películas que a mí me apasionaban; y recordé, inevitable, la escandalosa falta de sincronía de labios y de frases en cada acercamiento de un rostro a la pantalla, fenómeno que el género musical desarrolló a extremos siderales. Con el agravante de que las canciones inglesas, francesas o italianas, vertidas a nuestro idioma en el peor estilo diccionario, degollaban cualquier poesía que pudiera existir en el planeta.
Una pequeña historia. Dentro de la vida que desvivimos, si hay algo seguro, este algo son los llamados efectos colaterales. Un tema que está en busca de autor...todavía.
En la pequeña historia que trato de narrar, el efecto colateral podría enunciarse de la siguiente forma: el doblaje de las letras -su chatura, en realidad- hizo que los poetas de Latinoamérica, envalentonados por la mediocridad reinante, decidieran ponerle palabras dignas a los temas musicales de origen cinematográfico. Las radios apoyaron.
Un éxito castellanizado fue, por ejemplo, Las hojas muertas : Con qué pasión, me acariciabas/ con qué pasión, te acaricié.
O el extraño y asimétrico lirismo de Mi tonto corazón : Cómo puedo saber si lo que siento/ es amor, o el misterio de una hermosa noche así./ Amor y tentación saben lo mismo/ cuando un beso nos une en frenesí. Esto lo murmuraba, en el expreso Buenos Aires-Lima, un flaquito talentoso: Eduardo Farrell.
Claro, existían espantos y gazapos también. Señor arenero , verbigracia, formulaba un pedido absurdo al arenero del título: Pon en mis ojos un poco de arena/ para que pueda desahogar mi pena.
Pero se trataba de casos marginales: Luna azul, Me perteneces, Más allá, La vida color de rosa, Al caer la tarde, Yo creo, Rififi, Llora, ¡Qué muchacho! ... establecían la norma y marcaban la cancha, frente a Paul Anka, Bill Haley, Frankie Layne, Los Platters.
No obstante, y a medio siglo de distancia, lo llamativo sigue siendo precisamente el hecho de que un día chicos y chicas cantaron, desacomplejados, las ilusiones de la gran pantalla en su lengua madre.
Hablo de un tiempo que pasó, amigos, de nosotros y de una vida menos atolondrada; y, además, hablo de aquello, la sensación ayer vivida y compartida de que el mundo podía suceder en el lugar donde uno estaba.