Hace 70 años, emigró a México el destacado artista guadalupano Francisco Zúñiga Chavarría, quien nació el 27 de diciembre de 1912, en el humilde hogar formado por Manuel María Zúñiga Rodríguez, escultor de imágenes religiosas, y María Chavarría Calvo.
A ese país, de enorme tradición cultural y artística, heredado de los mayas y los aztecas, llegó con un concepto propio de la escultura, formado a través del estudio y la práctica en el taller de su padre, tal como él mismo lo reconocería en su discurso de ingreso a la Academia de las Artes de México, en 1987.
Consolidación. Es la obra Maternidad de piedra , tallada en 1935, la pieza clave para su trabajo posterior; pues, como bien lo afirmó el escritor Luis Ferrero Acosta, cuando don Paco partió para México, era ya todo un maestro, al dominar con destreza el dibujo, el grabado, la pintura y la escultura, alusión que efectuó al presentarle –en 1985– su exposición en el Museo de Arte Costarricense, bajo el nombre Zúñiga-Costa Rica, preciada colección de Daniel Yankelewitz Berger.
El maestro Zúñiga se destacó desde niño como artista, pues en su asombrosa obra temprana ya se delataba el talento personal del gran creador, perfilado siempre por su admiración al arte precolombino, que lo acompañó hasta sus últimas piezas, modeladas a puro tacto en barro cocido, entre 1990 y 1993, cuando había perdido la vista.
En cuanto a premios y homenajes, resaltan los mejores en pintura y escultura desde las recordadas exposiciones del Diario de Costa Rica , allá por los años 30. También obtendría, en 1957, el Primer Premio del Salón de la Plástica Mexicana, otorgado por el Instituto Nacional de Bellas Artes (México D. F.), que adquiere por su bella escultura Hamaca , tallada en piedra de Xaltocán, pieza que también marca un paso importante en su desarrollo personal, tal como lo había hecho en 1935 con su comentada y laureada obra en piedra extraída de Cartago, que hoy embellece los jardines del Hospital de la Mujer. Igualmente obtendría en nuestro país el destacado Aquileo J. Echeverría, en 1964, y en 1973, el merecido Magón, reservado a nuestros máximos exponentes. En Japón, en 1984, obtuvo el premio Kotaro Takamura, con la destacada obra escultórica Grupo frente al mar , que permanece en un prestigioso museo de ese país. Luego, en México, en reconocimiento de su vasta obra, obtuvo, en 1992, el Premio Nacional de las Artes.
Patria adoptiva. Don Paco, quien optó por la nacionalidad mexicana al cumplir 50 años de vivir en ese país, supo encontrar y fijar en su obra el canon clásico de la belleza americana. Para la destacada crítica de arte Ida Rodríguez Prampolini, nuestro artista supo aprehender, en sus líneas, volúmenes y composición, el espíritu del indio y del mestizo de América. Por ello, su hijo Ariel, promotor de su obra, desde la Fundación Zúñiga-Laborde, ha dicho que el maestro Zúñiga, como buen conocedor de la cultura maya, hizo un especial reconocimiento a su pueblo adoptivo y cumplió con el rito íntimo de morir mexicano, lo cual sucedió en su casa de Tlalpan, el 9 de agosto de 1998.
En él encontramos su honesta personalidad artística, su dedicación continua al trabajo –incluso ciego– y su gran sentido de responsabilidad; de ahí que se le reconozca como “el más sólido escultor que ha producido la América contemporánea”, tal como lo expusiera el renombrado pintor mexicano Manuel Rodríguez Lozano.
Raíces vivas. Zúñiga supo recuperar con maestría nuestras raíces, aquellas precolombinas a las que tanta referencia hacía su leal amigo don Luis Ferrero, teniendo el gran mérito de no reproducir una estética del indio muerto, sino del indio vivo; aquel que, en mejores palabras de Rodríguez Prampolini, “se sienta en el suelo y que muchos no miramos por pudor o por culpa”. Fruto de ello es su destacada producción de acuarelas de los años 30, referida a objetos precolombinos, hallados en la huaca de Zapantí, en Filadelfia de Guanacaste.
Setenta largos años han pasado, pero su vasta obra sigue recibiendo reconocimientos en todo el mundo, como suele sucederle a una estirpe: la de los maestros.