Opinión

Lascia ch'io pianga

Un regalo espiritual del cellista Alvaro González

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El aria de la ópera Rinaldo de Handel, que se inicia con la frase que sirve de título a este artículo (Deja que llore), fue compuesta en Londres en 1711, sobre un poema o historia de Torquato Tasso que se remontaba hasta 1562. Es una obra de caballerías, con toda la parafernalia propia de ellas: dragones, trasgos, magos, fuentes encantadas que hace por un lado amor con locura y, por otro odio con pasión. Rinaldo, el héroe de la obra, una especie de San Jorge carolingio, está enamorado de la bella, rubia y dulce Angélica. Por esas cosas inexplicables que suceden en la vida aventurera de los caballeros andantes, llega Rinaldo, luego de batallas sin fin y a través de un bosque encantado, muerto de sed, a una adorable fuente. Un pocito estaba dedicado a Tristán e Isolda. El líquido producía el olvido. El amor que se había tenido a una persona, por más grande que fuera, desaparecía. El otro pocillo, producía lo contrario, una aversión furiosa hacia el ser que se amaba. Rinaldo, pues, rápido se acercó a la fuente y bebió el agua del olvido, sin saberlo, con un tanto de la del odio. Así repelió a la dulce Angélica, mientras que esta, con sed también, luego de atravesar los bosquecillos cuidados y llenos de flores, bebió de la otra, que le desató el tormentoso y no correspondido amor. El odio y el amor se aliaron para destruir aquella ejemplar pareja.








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