Cuando Nietzsche afirmó que solamente las vacas debían leerlo, no había perdido aún la razón, y si este título captó su atención, amable lector(a), es síntoma de que hoy en día la envoltura es tan importante o más que el contenido, ya que, aunque los académicos comprendieron desde siempre que el filósofo se refería a “rumiar” sus pensamientos como lo harían las vacas; es decir, para captar el sentido profundo de sus metáforas y no quedarse nunca con la literalidad de las obras, ello no evitó que un número importante de los contemporáneos del pensador y muchas personas, en la actualidad, sigan pensando que fueron insultadas.
Si alguien con sustancia como Nietzsche ha tenido buena o mala fama, nadie al menos dudaría de que su notoriedad está labrada en un esfuerzo intelectual, sostenido en una nueva manera de hacer filosofía.
En los tiempos que corren, la fama ha dejado de ser una consecuencia de lo que se hace, sea un efecto, para convertirse en un fin, de tal manera que no siempre coinciden causa y efecto, si un prócer dio la vida por la patria, se hizo famoso por el hecho de ofrendar su existencia y no dio su vida por la patria para hacerse famoso (salvo mejor conocimiento). Es así como presenciamos la desnaturalización de lo que se entendía por fama, siendo que ahora, con la democratización de la exposición digital por medio de Internet –tal como predijo Andy Warhol– todos tienen sus quince minutos de fama, incluso menos tiempo en las redes sociales.
En ese sentido, es posible presenciar el salto del anonimato total al súbito estrellato sin parpadear ante el monitor, todo lo que requiere es captar suficiente atención; no se tiene que cantar, ni bailar, ni recitar, como decía una querida presentadora nacional de grata memoria.
Lo curioso es que esta distorsión de ser valorado conforme se es mediatizado, conlleva fenómenos paralelos en el mundo no digital, como lo son la perpetración de delitos violentos para lograr la atención de la prensa, las fotos anatómicas de un día y el divismo mal disimulado de algunas vacas sagradas. ¿Serán las vacas de Nietzsche?