Frente a tragedias como la del martes sentimos una tristeza profunda, una tristeza propia y ajena, una tristeza impotente. Es terrible estar sentado frente al televisor viendo cómo se desploman dos de los edificios más grandes del mundo: cientos, tal vez miles de personas muriendo destrozadas y aplastadas, mientras nosotros miramos "en vivo".
Sentimos un escalofrío. Los muertos, desconocidos, son personas como nosotros. Estaban ahí por razones cotidianas: unos, haciendo la limpieza y abriendo las oficinas; otros, en un vuelo tempranero hacia Los Ángeles; la mayoría, empezando apenas su día de trabajo; y algunos, simples turistas, subiendo al mirador de la Torre Uno, a las Ventanas del Mundo. En 18 minutos, el mundo, estupefacto, se vio reflejado en esas ventanas. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué?
Las sospechas de quienes reportaban recaían principalmente en los grupos árabes, sensación reforzada por las escenas grotescas de niños palestinos en feliz celebración en las calles: una escena espeluznante que me recordó un reportaje igualmente grotesco sobre el odio que sienten los niños judíos contra los palestinos. Las pantallas mostraron la foto de Osama bin-Laden, para quien "es mejor matar un soldado estadounidense que perder el tiempo en otra cosa". Los recuentos de su vida dedicada a promover el terrorismo agregaron una nota macabra y paradójica a la tragedia: en sus inicios, bin-Laden fue financiado y entrenado por EE. UU., que entonces lo consideraba un aliado útil encargado de hacer terrorismo contra la Unión Soviética en Afganistán.
Aún es temprano para saber qué ocurrió realmente. Para saber si el atentado fue producto de un enemigo externo como los terroristas de bin-Laden o la supuesta guerrilla japonesa del Ejército Rojo o si, más bien, estamos frente a otra tragedia como la que provocó 168 muertes en Oklahoma, a cargo de Timothy McVeigh, quien había recibido una estrella de bronce por su participación en la Guerra del Golfo.
En cualquiera de las hipótesis, una cosa es clara: el terrorismo mata. Y nos mata dos veces: en los muertos y en los vivos. No importa dónde ocurra: en una esquina de Madrid, en algún barrio de Bogotá, en Gaza o en el pleno centro de Nueva York. No importa si hay uno o miles de muertos. El terrorismo nos derrota. Y nos derrota dos veces. Nos derrota porque triunfa en su objetivo inmediato: hiere y mata a personas inocentes, causa dolor y sufrimiento, genera impotencia, nos muestra débiles frente a él, provoca miedo. Y nos derrota porque triunfa en su meta más honda: el miedo saca lo peor de nosotros, nos hace violentos. El terrorismo demanda, exige, necesita reacciones violentas. Las provoca. No es posible enfrentar al terrorismo sin violencia, y de esto se aprovechan los violentos de cualquier signo.
Entendamos que, si no es posible enfrentar al terrorismo sin violencia, tampoco basta la violencia para frenar el terrorismo. También hay que enfrentar las raíces del miedo y ese odio que nace con el miedo, que reproduce la violencia y goza con ella.