Se cuenta que el dictador soviético Josef Stalin, en sorna y con evidente afán de mofa, preguntó una vez: "¿Cuántas divisiones tiene el papa?" Nada extraño en un personaje que cimentó su poder en el terror y en el uso de la fuerza para mantenerse casi 30 años en el Kremlin.
En aquel momento, Karol Wojtyla muy probablemente era un seminarista o, cuando mucho, un bisoño sacerdote recientemente ordenado.
Stalin murió confiado en que el régimen totalitario que había forjado en la Unión Soviética -y que impuso con sus divisiones en Europa oriental y central-- sobreviviría mucho tiempo.
La historia, muy fresca todavía, nos dice quién se rio de último.
Ahora que Juan Pablo II descansa en paz, se agiganta su figura como un hombre de extraordinaria personalidad.
Si algo me conmovió fue su valentía y decisión para enfrentar las adversidades. Apenas el miércoles anterior hizo un último esfuerzo por decir unas palabras a quienes lo esperaban en la plaza de San Pedro; nunca ocultó su deterioro, producto de las enfermedades que lo aquejaban y plantó batalla a la muerte, y la esperó con tranquilidad.
Fue el coraje y determinación con que, desde la clandestinidad, resistió a la barbarie nazi y, posteriormente, al comunismo en su Polonia.
Si analizamos al excardenal de Cracovia desde la óptica política, estuvimos en presencia de un dirigente fuera de serie, a quien su vida, vasta formación humanista y experiencia le permitieron tener la capacidad de escuchar y hacerse escuchar por muy disímiles actores, con lo cual elevó el perfil del Vaticano en la escena geopolítica internacional.
Contribuyó decisivamente a vencer al comunismo, mas no se entregó al capitalismo vigente, al cual denunció por su afán materialista y por la marginación de valores espirituales y morales; impulsó la reconciliación con los judíos y normalizó relaciones con Israel, pero también luchó en defensa de los derechos de los palestinos; pidió apertura en Cuba y hacia la isla.
De allí que casi no hubo dignatario que no lo recibiera o no le solicitara una audiencia; Juan Pablo II era un referente obligado.
Quizás Stalin hubiese entendido hoy cuántas divisiones tuvo el papa.
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