
Adolescentes, universitarios, amas de casa, pensionados, profesionales, oficinistas, obreros, desempleados, turistas, estudiantes extranjeros, gente a la que le sobra el tiempo y gente a la que le falta pero saca tiempo para donarlo… Una lista como una paleta de infinitos colores es la de las personas que un día o muchos, una tarde o algunas, una noche o varias, han estado desde hace dos semanas y están todavía, en las bodegas de la CNE y de la Cruz Roja, en puntos de recolección de diversas empresas o instituciones, en cada provincia del país. Otro contingente igual espera las toneladas de donativos en su destino, en los albergues, con la esperanza de que el monstruo no despierte otra vez, de que los deje trabajar tranquilos para devolverles un pedazo de paz a quienes fueron golpeados por sus sacudidas y ayudarles a reconstruir su casa, su vida, su espíritu.
Las cigarras. Hace unos días, en la bodega central de la Cruz Roja, entre cerros y torres de donaciones, dos chiquillas de once o doce años, después de casi dos horas de tratar de empatar un millar de pares de zapatos, muchos de ellos zontos, ya cansadas, se encaramaron sobre la pila de bolsas de ropa usada y se pusieron a cantar y a palmotear al ritmo de las tonadas de moda. A su alrededor, un hormiguero de personas, la mayoría desconocidas entre sí, pero hermanadas por un sentimiento común de solidaridad, las veían o las escuchaban mientras seguían en lo suyo, lo que habían venido a hacer.
De acá para allá pasaban muchachos cargando bolsones pesadísimos, por donde se mirara había grupos ocupados en diversas tareas, ya fuera desarmando cajas y recogiendo las miles de bolsas y papeles que quedaban esparcidos por doquier, repartiendo café y sándwiches a quienes llevaban varias horas de trabajar dentro de aquella especie de cueva sin pensar en el hambre, limpiando el lugar y abriendo el camino para que pasaran los que cargaban y descargaban contenedores, preparando paquetes de ropa de todo tipo, apilando sacos en columnas hasta el techo, preparando bolsas con focos, cubiertos, platos y otros artículos de primera necesidad, etc.
Una señora, agotada tras horas de trabajo desinteresado, se molestó con las chiquillas por cantar en vez de seguir colaborando, las regañó por venir a perder el tiempo y luego, entre refunfuños, siguió con su extenuante labor. Ellas, las cigarras de esa tarde, se habían cansado antes que los adultos; solo dos horas habían pasado desde que empezaron a trabajar cuando decidieron ponerse a cantar y a dar palmadas entre risas. Sin embargo, a diferencia de la cigarra de la fábula de Esopo, estas niñas miraban y escuchaban todo lo que estaba pasando y lo guardaban en sus corazones. Ese día les quedó grabado en el alma y en la memoria, y sin duda sacarán de él una reserva de enseñanzas que las hará mejores personas dentro de cinco o más años, cuando la iniciativa de ayudar a quien lo necesite será seguramente de ellas, no de sus papás, y sin duda resistirán muchas más horas.
Valores. Aprendieron valores como la solidaridad y la generosidad; vivieron el concepto de la división del trabajo, del poder de uno y a la vez del poder de la unión de muchos; vieron que el cansancio es parte del esfuerzo y que, aun así, se sigue adelante, algunos de mal genio y otros con la misma sonrisa; aprendieron que hasta para hacer caridad hay que ser responsable pues vieron cuánta ropa rota, manchada y maloliente hubo que botar, porque la necesidad no hace al ser humano indigno. Aprendieron que la humanidad es una sola cuando algún hermano nos necesita. Lo más importante que aprendieron esa tarde y que no olvidarán es que todos tenemos algo para dar.
Cuando se iban de la bodega, cerca de las seis de la tarde, un señor que estaba ayudando a descargar un contenedor lleno de donaciones exclamó: “Ahí van las cantoras; adiós chiquitas, gracias”. Entonces, traerle algo de alegría a quien está cansado, también es una forma de ayudar.