En la parroquiana ciudad de Washington hace algunos meses estalló un escándalo de alcoba que ha tenido en vilo al Presidente y su gobierno: según algunos distinguidos políticos y periodistas de ese país, el mundo tiene que saber si las brujas de Washington habían logrado hechizar al señor Presidente con sus demoníacos encantos. También debe conocer el mundo, con lujo de detalles, según la opinión de esos respetables señores, qué hicieron exactamente las brujas y el señor Presidente en la tenebrosa intimidad de sus sacrílegos aposentos. Según el criterio de esos honorables señores, es además importante que todos sepamos qué ocurrió ahí, para que comience la muy necesaria redención de la salud moral privada y pública de sus conciudadanos.
Desde tiempos inmemoriales la sexualidad, especialmente la de las mujeres, ha despertado las más intensas y violentas reacciones. Los hombres, incapaces de comprender cabalmente la naturaleza del otro sexo, y viéndose acechados constantemente por la ubicua y frustrante tentación de la presencia femenina, decidieron endilgar a la mujer todas las culpas de sus propios arrebatos y pasiones, convirtiéndose ellos, por lo tanto, en simples víctimas de los perversos encantos femeninos. Los hombres que venían lapidando a la mujer adúltera a la que Cristo socorre de sus piedras de hipocresía, envidia y codicia son los mismos que durante milenios han quemado brujas en la hoguera, o en la maledicente y cobarde pira de sus lenguas, acosos y violencias.
Hechiceras de verdad. Hoy, los inquisidores sexuales de Washington no sólo intentan quemar a las brujas, sino también al gran brujo quien, con sus encantos, ha arrebatado el poder 8 años a los honorables e inmaculados caballeros del Partido Republicano. Para estos afanes han contado con la colaboración de unas pocas hechiceras de verdad que, por unos denarios, han mostrado al mundo entero, con rostro contrito, la profunda indignación y dolor que les produjo los avances carnales del señor Presidente.
En el famoso pasaje de la mujer adúltera Cristo establece el ámbito privado de la sexualidad consensual entre adultos. Ningún extraño tiene derecho a interferir en ese ámbito como no lo tiene para interferir en otros hábitos, vicios o locuras privadas como las adicciones, la avaricia, el ocio, la suciedad o el despilfarro, cuando no exista peligro de perjuicio para los demás. Muy distinto es, por supuesto, todo acto sexual en el que hay acoso, intimidación o violencia o peor aún, cuando es un niño o un adolescente una de las personas involucradas. En estos casos no intervenir es una falta grave por omisión que prácticamente convierte al testigo pasivo de ese hecho en cómplice del delito. Cuando esto ocurre el asunto se sale del reino de la libertad personal y se adentra en la esfera de la moralidad pública y de la ley.
La intimidad y la privacidad son los ámbitos humanos más sagrados; ahí no debe llegar nunca ni la ley, ni el Estado, ni la prensa, ni los sermones y consejos oficiosos que de nada sirven. Ahí sólo cabe la responsabilidad y la conciencia de cada quien o, si el caso lo amerita, la mano verdaderamente piadosa cuya única intención es ayudar. Probablemente la forma más insidiosa y cobarde de traspasar esa frontera es el chismorreo, ese mezquino deporte universal mediante el cual, devorando al prójimo por sus supuestas faltas o desdichas, nos sentimos mejores.
Envidias e hipocresías. El mundo siempre ha estado inundado de lapidadores y lapidadoras listos para lanzar sus piedras farisaicas ocultas bajo el falso manto de la moralidad. Pretenden hacernos creer que es por el bienestar de la persona supuestamente descarriada que lanzan sus piedras y dardos, cuando en realidad son indiferentes al bienestar y felicidad de aquellos cuya conducta censuran. El supuesto placer que disfruta la persona censurada no los deja indiferentes: les irrita sobremanera. Muestran indignación o preocupación ante la paja en el ojo de sus semejantes pero callan ante la viga clavada en sus propios ojos. Bien dijo alguien que casi toda indignación moral, cuando se refiere al mundo privado en el que no se han violentado los derechos de nadie, es simplemente envidia e hipocresía con halo. Y de toda la inmensa gama de envidias e hipocresías la principal ha sido, desde siempre, la del erotismo.
El centro neurálgico del poder del país más poderoso de la tierra está envuelto, desde hace varios meses, en el escándalo y debate más surrealista, trivial y morboso jamás imaginado: los deslices y las apetencias sexuales del señor Presidente. Pueden esperar los temas de la guerra, la miseria, la venta de armas a países pobres, los efectos de la globalización y la apertura comercial, los embarazos juveniles, la droga, el narcotráfico, la contaminación ambiental, etc.
En el fondo de este inmenso circo está la falsa, nefasta e hipócrita idea de que la sexualidad es un mal o, peor aún, el único mal. Así pueden dormir a pierna suelta los sepulcros blanqueados, sin indignarse ni mostrar su dedo acusador por la crueldad, la injusticia, la violencia, la ambición política o económica desmedida, la corrupción, el cinismo y la impunidad de los de arriba.