22 noviembre, 2005

El más corto de los artículos de nuestra Constitución Política dispone que "La vida humana es inviolable". Sin duda es uno de los más importantes. Posee sencillez y contundencia, propios de la naturaleza fundamental del principio que establece. "La vida humana", así, sin calificativos, toda vida humana. "Es inviolable", así sin complementos ni atributos, sin ninguna condición.

Este mandato es central en nuestra herencia cristiana de dignidad de la persona, creada a imagen de Dios, y ordenada por el mandamiento del amor. Como nos lo dice San Juan de la Cruz: "En el ocaso de nuestras vidas seremos juzgados en el amor".

En Costa Rica, tradicionalmente, nos hemos distinguido por una cultura de respeto a las personas y de paz. Se ha repetido con insistencia que los costarricenses prefieren ser amados que ser exitosos, y nuestro tradicional choteo, aunque inconveniente para una sociedad competitiva del siglo XXI, nos permite una mayor integración social.

Por todo ello, la muerte de Leopoldo Natividad Canda debe ser motivo de duelo y profunda reflexión para todos los habitantes de esta nación. Una persona, un hijo de Dios, un ser humano murió por el ataque de dos perros que se prolongó por casi dos horas. Hubo la presencia del dueño de los perros, de guardas privados, de agentes de la Policía, de periodistas y camarógrafos y de vecinos. Y no se le protegió la vida al señor Canda. Creo que en esos terribles momentos, de algún modo, todos estábamos ahí representados. Y no se hicieron todos los esfuerzos necesarios para ayudar a la víctima. Una cosa es la defensa de la propiedad. Otra, muy diferente, dejar que se consume la muerte a dentelladas de una persona.

Y todos hemos estado representados en los chistes nacionalistas, despectivos y crueles con la vida humana que luego se han suscitado. No es cosa de humor. Todo lo contrario.