La utilización de los diversos medios de comunicación social para la difusión de la fe católica no solo ha sido aplaudida, sino fomentada incesantemente por Su Santidad, Juan Pablo II. Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica calificó a los medios de “maravilloso invento”.
Los religiosos y los laicos que colaboran con la evangelización a través de radio, televisión, Internet, prensa escrita y otros, le dan a la Palabra de Dios un alcance y una penetración imposibles de lograr de otra forma; su labor es fundamental. Pero ser católicos no los inmuniza contra las tentaciones de carácter ético que se presentan en esa profesión. Recientemente se le preguntó al Papa, en una reunión con miembros de la Unión Católica Internacional de Prensa (UCIP), qué significa ser un periodista católico; su respuesta fue: “Significa simplemente ser una persona íntegra, que en su vida personal y profesional refleja las enseñanzas de Jesús y del Evangelio”. Esto se aplica a cualquier periodista practicante de su fe, y de manera especial a todo aquel cuyo oficio sea específicamente difundir el Evangelio.
Tentaciones. Un conocido periodista y editor español, Alex Rosal, opina que el periodista cristiano está expuesto a diez tentaciones que obstaculizan la eficaz difusión de la doctrina cristiana. De su lista nos interesa la que él llama “Creerse unos pequeños dioses”, que describe así: “Todos los comunicadores tenemos un toque de vanidad. Si encima conseguimos algo de eco en la opinión pública por nuestras palabras, y nos paran por la calle unas encantadoras ancianas para decirnos lo majos que somos, y lo bien que lo hacemos: malo. La posibilidad de endiosarnos crece rápidamente. Por ello, corremos el peligro de sustituir sibilinamente la obra y vida de Cristo, al que primitivamente queríamos transmitir, para comenzar a exponer las ideas de un nuevo dios, que es el propio comunicador cristiano”. La constante transmisión de la imagen y de la voz de una persona la hace reconocible, hasta familiar, para miles de personas, lo que resulta muy halagador. Es entonces cuando se es presa fácil de la vanidad, del querer conservar a toda costa esa posición de reconocimiento público y el gran poder de convocatoria y otras mieles que ello trae consigo.
El único culpable del pecado de vanidad no es, sin embargo, el comunicador. También lo son los que lo admiran desmedidamente, los que trocan la devoción a Dios por la devoción a su mensajero, los que alimentan el culto a su persona en vez de a la Palabra. Alguna responsabilidad toca a los superiores de ese comunicador de la fe por no relevarlo a tiempo de una labor de origen bien intencionado que se desvirtuó en el camino frente a los ojos de todos. Sin duda, la religión católica se beneficiaría de más sacerdotes misioneros, creativos, vivaces, con buen don de gentes y de palabra, pero a la vez fieles modelos de la humildad y la prudencia de Jesús, para no caer en la trampa de la vanidad y sus hermanas.
Así, un joven y carismático cura que inició su ministerio llevando exitosamente el Evangelio a muchos hogares, se fue enredando en los hilos propios y ajenos hasta verse envuelto en sucesos que podrían eventualmente alejarlo de los púlpitos para siempre. No nos corresponde a los ciudadanos comunes juzgar aquellas actuaciones que puedan ser ilegales y de las que, como todo acusado, es inocente hasta que se demuestre lo contrario y un juez de la República así lo declare. Sobre sus faltas de carácter moral, en cambio, podemos extraer útiles lecciones.
Modelos, no ídolos. La Iglesia costarricense debe estar atenta para evitar que otro de sus clérigos adquiera un protagonismo centrado en su persona y en sus obras. Si endiosamos a cualquier figura pública, facilitamos su descarrío. Los sacerdotes deben luchar por ser modelos de conducta, pero son tan humanos como los demás, y por los pecados de uno no debemos perder la confianza en todos, en la Iglesia y mucho menos en Dios. Por último, debemos permitir a la justicia actuar con objetividad para que sus decisiones sean conformes con la verdad.