Caracas. El taxista, un tipo agrio y astuto, me lo dijo todo en una frase desesperada: "Mira, vale, aquí sólo nos queda escoger entre morirnos de hambre o de una puñalada". "Y ¿qué es peor, vale?" --le respondí intentando acercarme a su entonación venezolana de dulce culebrón televisivo. Me miró por el espejo retrovisor, comprobó que la pregunta iba en serio y sonrió distendido:
--Peor es la puñalada, vale. El hambre se te quita con arepas. Y es cierto. En medio de la espantosa crisis económica venezolana, ocho de cada diez personas opinan que el peor problema del país es la inseguridad ciudadana. En la vecina Colombia, en la que cada dos años mueren tantas personas asesinadas como el número de norteamericanos que dejaron su piel en Viet-Nam --unos cincuenta mil-- probablemente la proporción de gente aterrorizada sea aún mayor. Y otro tanto puede decirse de Puerto Rico, El Salvador, Honduras, y hasta de algunas ciudades de Estados Unidos --Los Angeles, Washington o Miami-- en las que los delitos violentos aumentan de manera alarmante. ¿Qué hacer? ¿Es posible que el siglo XXI se parezca más al XIX turbulento y peligroso, plagado con espantosos bandidos rurales, que el XX, en el que hasta hace unas décadas se dormía a pierna suelta con la puerta abierta? ¿Se estará resquebrajando esa secreta arcilla que mantiene unidas en una tribu grande --la nación-- las infinitas tribus pequeñas que constituyen su tejido primario?
No se trata, por supuesto, de un problema económico. Esas son tonterías de la criminología culposa y freudiana en la que ya nadie cree. Hace medio siglo todos éramos más pobres y había menos delincuentes. Lo que parece estar sucediendo es que un número cada vez mayor de personas, en prácticamente todos los rincones del mundo, ha perdido el temor de la ley, ha roto el principio de autoridad, y está dispuesto a afrontar casi cualquier riesgo por salirse con la suya. En Estados Unidos la reacción a este fenómeno ha sido el endurecimiento de las penas. Ya hay más de un millón de personas tras las rejas federales y casi medio millón en cárceles estatales o municipales. Mucha gente. La mayor proporción de presos comunes entre las naciones del mundo democrático, pero el problema, lejos de amainar, se agrava, tal vez por la tentación constante del tráfico de drogas. El 60 por ciento de los presos norteamericanos ha sido encarcelados por delitos relacionados con las drogas. Y ese dato tiene que ver con las inexorables leyes del mercado: mientras sea inmensamente productivo dedicarse a este comercio, no faltará gente dispuesta a afrontar casi cualquier riesgo.
¿Es la cárcel el camino correcto? Alguna vez en estos papeles semanales he contado la experiencia finlandesa, país que tiene un bajísimo índice de criminalidad. ¿Qué hacen los finlandeses? Las autoridades de ese país, como las de todas las naciones bien informadas, saben que los delincuentes rara vez comienzan a violar la ley en la etapa adulta. Es en la adolescencia, y a veces al despertar la pubertad, cuando los muchachos y las muchachas inician sus carreras delictivas. A esa edad unos van para ingenieros o vendedores de zapatos, y otros se inician en la trampa, el asalto o el robo al descuido. Ante este hecho evidente los finlandeses todo lo que hacen es volcar el peso de la reeducación en el delincuente juvenil para impedir que de ese gusarapo, todavía salvable, surja más adelante un sapo incorregible. ¿Cómo lo logran? Existe, y se conoce su efectividad, una forma de terapia antidelictiva desarrollada en las cárceles norteamericanas de menores por el sicólogo Glasser. ¿En qué consiste? En algo muy simple: en vez de buscarle al joven delincuente coartadas sociales que expliquen su comportamiento, lo convencen de que es un perfecto canalla, y que muy merecidamente la sociedad lo desprecia por cuanto hace. Una vez que el aprendiz de criminal asume el punto de vista del terapeuta, es decir, una vez que se avergüenza de su comportamiento, es bastante probable que los mecanismos sicológicos de la autoestima lo devuelvan a la orilla correcta de la ley. ¿Resultado? El criminal adulto habrá abortado.
A ese aproche --como se dice en buen castellano-- de acción inmediata sobre los jóvenes delincuentes, ahora se ha venido a sumar otro hallazgo muy interesante de la criminología que descubro en un número reciente de la revista New York, de la buena mano del periodista Craig Horowitz. Resulta que en uno de los peores distritos de Manhattan, dos altos funcionarios de la ciudad a cargo de la policía han conseguido el milagro de un descenso en el número de asesinatos del orden del 37 por ciento, mientras los robos han disminuido un 27 por ciento. ¿Cómo? Pues presionando constantemente a los delincuentes, actuando a la ofensiva, no a la defensiva, deteniéndolos en las calles en busca de armas o drogas, visitándolos en sus casas y haciéndoles saber que el juego de policías y ladrones esta vez sí va en serio.
Aparentemente eso es lo que siempre se espera que haga la policía, pero durante tres décadas --precisamente las del empeoramiento de la seguridad ciudadana-- prevaleció la idea de que el delito era consecuencia de la pobreza y el racismo, lo que determinó un comportamiento mucho menos activo de las fuerzas del orden. Si los delincuentes eran víctimas no tenía mucho sentido mantenerlos constantemente acosados.
Sin embargo, en 1982 dos criminólogos, James Q. Wilson y George Kelling, publicaron un ensayo que comenzó a cambiar esta percepción. Lo titularon Ventanas rotas, y venían a decir que el creciente caos podía ordenarse si la policía actuaba con energía ante los primeros síntomas de desobediencia de la ley. Las pedradas a las ventanas, es decir, el vandalismo, los borrachos en las calles, los graffiti, o las refriegas de las bandas juveniles de camorristas no eran crímenes terribles, pero indicaban que se vivía en una comunidad en la que las personas más agresivas se pasaban las leyes por el forro de la constitución, lo que de por sí ya se convertía en una invitación al delito. Por el contrario, si se perseguía de oficio y con rigor esas contravenciones menores, el mensaje que todos recibirían --y en especial los elementos más díscolos-- era que la tolerancia y paciencia de esa particular sociedad eran muy limitadas.
Kelling y Wilson probablemente derivaban sus reflexiones de la observación de las familias encabezadas por padres estrictos frente a las de familias en las que, sencillamente, no había padres, o, en las que los había, no imponían reglas de comportamiento a sus hijos. En los segundos hogares era mucho más frecuente el surgimiento de jóvenes delincuentes. En todo caso, los resultados prácticos de esta pedagogía de palo y tentetieso están a la vista. El problema es gravísimo, pero hay gente que sabe cómo atajarlo.
(Firmas Press)