El integrismo islámico es uno de esos movimientos religiosos de los que sólo conociendo su pasado puede entenderse su presente. Y la historia que sigue lo confirma. En los días de las Cruzadas, el mundo tuvo noticias de una abominable secta que cometía atentados y crímenes espeluznantes. Dirigida por un cabecilla oculto, su ortodoxia era heredera de la doctrina chiita, una de las dos corrientes en que se escindió el Islam a la muerte de Mahoma, y usaba como estimulante para sus adeptos una variedad de marihuana. La droga, llamada hachís, dio pie a que se les conociese por el nombre de hachisinos , palabra que al incorporarse a nuestro idioma se transformó en 'asesinos'.
Los miembros de esta sociedad secreta eran iniciados en un fanatismo religioso que contradecía las ideas democráticas y tolerantes de la otra rama del islam, la de los sunitas. Los chiitas promovían un absolutismo basado en la jerarquía férrea y la sumisión a los imanes, guías espirituales y políticos a los que los creyentes han considerado siempre personas impecables e infalibles. Pero no será sino hasta siglos después de la muerte del Profeta, acaecida en 632, cuando venga al mundo el hombre que dará a esta doctrina un contenido criminal.
Hassan ibn Sabbah. Su nombre era Hassan ibn Sabbah y había nacido en Persia. Auxiliado por un grupo de fanáticos, Hassan se refugia en las montañas situadas al Norte del actual Irán, en la fortaleza de Alamut. Allí establece la sede de los hachisinos y desde ese centro empieza a desarrollar sus actividades terroristas. La disciplina en Alamut era férrea, pero a los iniciados se les premiaba con frecuentes visitas al paraíso prometido en el Corán, un bellísimo jardín de la fortaleza atendido por prostitutas y al que los miembros suicidas de la secta accedían ebrios de hachís.
Hassan pensaba que solo el crimen y el terror podían hacer de él un líder respetable y que, allí donde sus amenazas no llegaban, podían hacerlo las cimitarras y los alfanjes de unos hombres para quienes la muerte nada significaba, si esa era la voluntad de su líder. El islam estaba dividido, como hoy, a causa de rivalidades étnicas, doctrinarias y dinásticas, y Hassan aspiraba a alcanzar su hegemonía en ese entorno mediante la transformación de la fe en una ideología de combate que utilizaba la violencia como su recurso más noble.
Una larga cadena de magnicidios y masacres se suceden entonces en Oriente Medio. El Gran Maestre ordena ejecutar a emires y visires musulmanes, a reyes y príncipes cristianos y al patriarca de Jerusalén, sin que ningún poder político, militar o religioso fuera capaz de detenerlo. Las represalias resultaron siempre inútiles. Y la plebe glorificará en Persia, Iraq, Líbano y Pakistán los crímenes de la secta. A los ojos del populacho, Hassan ibn Sabbah era un ejemplo de coherencia y bravura islámicas, virtudes que acabarían por convertirlo en el criminal más peligroso y, a la vez, más admirado de su tiempo. El Gran Maestre de los asesinos había hecho una declaración de guerra al mundo civilizado, para la cual este no supo encontrar respuesta. De resultas, cuando Hassan fallece en 1124, la secta había alcanzado tal solvencia y solidez, y tal grado de organización, que sobreviviría otro siglo aterrorizando y matando.
Los Hermanos Musulmanes. Aún sobrevive, a decir verdad. El pasado 11 de septiembre, la secta de los asesinos estrellaba dos aviones en las Torres Gemelas de Nueva York y provocaba una de las masacres más repugnantes de la historia. El pasado regresaba al presente, Hassan ibn Sabbah se encarnaba en Usama Bin-Laden, principal sospechoso del atentado, y el siglo XI renacía en el XXI, tal y como se habían propuesto los Hermanos Musulmanes , nombre que en 1928 se daban a sí mismos los fundadores del actual fundamentalismo islámico. Y, por si esto no fuera bastante, los recientes festejos en las calles de Gaza y Bagdad por la hecatombe neoyorquina demostraban, como ayer, que la plebe les respalda.
Por eso me parece un gravísimo error de Bush calificar la masacre de Manhattan como un acto de guerra, pues eso eleva al status de soldados a una secta de asesinos. La respuesta del presidente me ha recordado la impotencia de hace siglos contra el Gran Maestre de la fortaleza de Alamut. Y no ver que lo que los terroristas pretenden es que se reconozca la legitimidad de sus crímenes, como han pretendido siempre otros grupos de asesinos, ocultos tras ignominiosas y sangrientas siglas, como ETA o como IRA, resulta de una miopía desconsoladora.
El gran reto del mundo. Un diario iraní decía estos días que, cuando se le comunicó a Bin-Laden el éxito de la masacre, se postró para dar gracias a Alá. Y el acto puede parecer repugnante, pero Bin-Laden sólo hacía lo que han hecho siempre los fanáticos: matar en nombre de Dios, agradecerle que bendiga los crímenes cometidos en su nombre y esperar que cierta opinión masculle en tono resentido y detestable que masacres como la de Nueva York son solo el fruto de la política exterior de Estados Unidos.
El fanático religioso no es un soldado, es un alma enferma, un desequilibrado, el auténtico rostro del mal. De ahí que desactivar esa explosiva mezcla de religión, irracionalidad y odio al infiel, someter esa energía animal que se reproduce y renace en el tiempo, como la secta de los asesinos, siga siendo, al igual que hace mil años, el gran reto, la incondicional prioridad de una cultura y un mundo que, parafraseando a Huxley, me hace sospechar a veces si en realidad no será, no seremos, el infierno de algún planeta lejano y desconocido.
FIRMAS PRESS