Abuelo, ¿quiénes fueron Marx, Lenin y Stalin?", le preguntó el nieto al viejo que lo llevaba de la mano por la Plaza Roja. Este le respondió: "Marx fue el filósofo que concibió la idea de quitarnos las cadenas; Lenin ejecutó la revolución para quitarnos las cadenas y Stalin finalmente nos quitó las cadenas"."Abuelo, ¿qué son las cadenas?", preguntó el niño y el abuelo le respondió: "Unos hilitos de oro para colgar las medallas."
Marx había pronosticado que, de continuar aplicándose ese liberalismo manchesteriano y ese capitalismo salvaje que ahora tratan de imponernos, el sistema capitalista sucumbiría en el comunismo, por los abusos, las injusticias y la lucha de clases que engendraba. Sin embargo, el comunismo se implantó, no en Europa occidental, donde se introdujeron reformas sociales, sino en Rusia en octubre de 1917, según el calendario juliano de los rusos. ¿Por qué? Las causas fueron múltiples y complejas.
La primera consistió en que, paradójicamente, Rusia era simultáneamente un imperio y una colonia. Su territorio, de 22.000.000 de kilómetros cuadrados, fue integrado por un enorme mosaico de naciones y pueblos con religiones, lenguas y culturas totalmente dispares a las que el zarismo les impuso una rusificación represiva, entre ellos los judíos, que sufrieron persecuciones crueles y perversas como chivos expiatorios en los pogromos. Fue en el seno de esas minorías étnicas donde se reclutó parte de la elite revolucionaria, entre ellos Trotsky, Zinoviev, Kamenev, Mikoyan y Stalin que resentían el avasallamiento del zarismo.
Colonia económica. El imperio ruso fue, a su vez, una colonia económica de las grandes potencias europeas. Poderosas corporaciones británicas habían realizado enormes inversiones para explotar los ricos yacimientos de petróleo en el sur, cuyo centro era Tiflis, donde revolucionarios como Stalin denunciaban el saqueo de aquellas riquezas, a cambio de unas viles regalías. Igualmente Francia y Alemania ejercían cierta soberanía económica y ésta ya codiciaba las fértiles praderas de Ucrania, por lo que invadió el país en 1914 y en 1941.
Otra causa fue la extrema polarización social. Una tímida reforma agraria fue iniciada por Alejandro II en 1861, con la emancipación de los siervos, para convertirlos en pequeños agricultores o en peones asalariados y así aumentar la productividad. Otra reforma similar fue propuesta por Stolypin, ministro de Nicolás II, pero fue asesinado y quedó abortada. Pero, mientras aquella enorme nación continuaba exportando cereales, convirténdose en el granero de Europa, el mujik o campesino pobre permanecía en la miseria, el hambre mordía las entrañas de las grandes masas y el divorcio con el pueblo se agudizaba.
Rusia había iniciado un dinámico proceso de industrialización, pero estaba concentrado en enormes empresas, gran parte de las cuales estaban en manos de capitales extranjeros. Esa concentración de obreros famélicos, el abuso, los raquíticos salarios, la ausencia de leyes laborales y las condiciones infrahumanas en que vivía la clase trabajadora, facilitaron el fermento, el caldo de cultivo y la propagación del credo revolucionario en el seno de un proletariado incipiente.
Pero apenas el quince por ciento de la población era urbana y formaba un archipiélago de diminutos enclaves en el enorme océano en la vasta sociedad rural, por lo que nunca se formó una amplia clase media -profesional, empresarial, burocrática e intelectual- que hubiera servido de mediadora o de muro de contención al radicalismo y que hubiera optado por la ruta de la Revolución Francesa. Ese limitado estrato social estaba marginado y se le negaba participación política, por lo que gran parte de su elite optó por la vía bolchevique.
La Iglesia Ortodoxa, que hubiera podido servir de contrapoder al sistema zarista y de freno a sus abusos estaba, a su vez, sometida a la corona desde los tiempos de Pedro el Grande y la corrupción gangrenaba las entrañas del Estado. Cuando un zar le pidió a su primer ministro que extirpara a los corruptos, éste le contestó: "¡Nos quedaríamos solos, Majestad!" La siniestra aparición de Rasputín, a quien se le atribuían poderes mentales para curar la hemofilia del zarevich y para seducir a la zarina, contribuyó a desprestigiar el sistema y a erosionar su escasa legitimidad.
Anarquía y derrumbe. La miopía política de Nicolás II y de sus cortesanos -que en 1905 había causado una masacre popular y la humillante derrota naval frente a Japón-, se tradujo en una indecisa vacilación, cuando se imponía la necesidad de concesiones democráticas a principios del siglo, por lo que la Duma era disuelta intermitentemente y las reformas modernizantes en el campo político, económico y social se postergaban, acelerando el deterioro del sistema que sucumbía aparatosamente en el caos y la revolución.
Más suicida aún fue la decisión de participar en la Guerra de 1914-18, solidarizándose con Serbia, amenazada por Austria, para abrirse así una ventana al Mar Adriático. Para permitirse el lujo de esa guerra y compensar su debilidad militar, frente a un enemigo mejor preparado y armado, el Zar enviaba oleadas de millones de campesinos mal entrenados y casi desarmados, convirtiéndolos cruelmente en carne de metralla, por lo que los alemanes lograron cercenarle Ucrania y acelerar el desprestigio del zarismo.
Mientras los campesinos eran inmolados en aquel baño de sangre, en un frente militar de mil kilómetros, los obreros permanecieron en las fábricas sacrificándose en el esfuerzo bélico, por lo que -infiltrados por los agitadores que ofrecían pan, tierra y paz- se convirtieron en la vanguardia de la revolución. Pero tanto calvario y tantas derrotas precipitaron la deserción en las trincheras y la rebelión en las fábricas y las casernas, donde se formaron los soviets revolucionarios.
La revolución, acéfala, se inició en febrero de 1917 y cuando el Zar abdicó, nadie derramó una lágrima porque el régimen ya había sido abandonado por todas las fuerzas sociales y se derrumbaba como un coloso con pies de arena. Pero dejó un vacío de poder que fue llenado durante ocho meses por los líderes moderados de la Duma. Mas estos demostraron su impotencia frente a una situación que se deterioraba y precipitaba al país en el caos, la anarquía y en las manos de los bolcheviques, quienes se apoderaron de aquel enorme imperio colonizado, con un puñado de milicianos, en noviembre de 1917, según nuestro calendario gregoriano. Fue entonces cuando a los abuelos rusos les quitaron las cadenas, pero muchos otros nunca aprendieron la lección.