La primera vez que oí este concepto fue en un curso de "Análisis Financiero"; por eso creo que su origen está en ese campo. Pero con el tiempo lo he oído en otros contextos y, por el lenguaje, quizá proviene de la química. Lo cierto es que se trata de una idea, un concepto, un indicador muy útil: el que, o lo que, pasa la prueba del ácido demuestra con altísimo grado de certidumbre que tiene la capacidad para resistir embates, riesgos y ataques. La democracia costarricense ha demostrado que superó la prueba del ácido. El sistema electoral, entendido tanto en un sentido estrecho (reglas de votación y escrutinio), como en un sentido amplio: lo anterior, más el proceso para llegar al momento de las elecciones, la vivencia de los ciudadanos "de a pie", la confrontación partidaria, la acción de los medios de comunicación, etc., superó la prueba.
El sistema funcionó, a pesar de que por diversas razones, que no son objeto directo de esta reflexión, estuvo sometido a fuertes presiones, a embates y golpes. ¿Por qué funcionó? Las razones son múltiples, pero deseo apuntar dos: la primera, porque sin duda la democracia ya es una vivencia profunda en nuestro pueblo, y sus enemigos en nuestro país tienen una tarea mucho más dura que en otras latitudes para quebrantarla. La segunda, porque hay centenas de miles de costarricenses dedicados a preservarla y cultivarla; gente que va a tocar puertas, a repartir volantes, a conversar y tratar de convencer a ciudadanos escépticos y descreídos, gente que va a reuniones, organiza tareas, planea acciones, pone su carro, moviliza a otros, etc.
Entre esta gente, también hay algunas "manzanas podridas", personas que, como en toda actividad humana, se involucran por razones perversas, malsanas y que sirven de ilustración para que se señale a "la clase política" como una gavilla de corruptos y aprovechados. Pero estos son minoría y las generalizaciones hechas con su "ejemplo" van socavando la confianza y con ello a la democracia. Y la democracia es como el aire y el agua limpios: solo se les aprecia de verdad cuando se contaminan o se pierden. Si no, que lo digan tantos pueblos latinoamericanos que han sufrido esa pérdida y que, a costa de mucha sangre y sufrimiento, han recuperado la democracia y, con ello, la esperanza de un mejor destino para sus pueblos.
Los dirigentes. Ahora, la prueba del ácido de la democracia costarricense ya no está en "el sistema"; este ya la pasó. Ahora, la prueba está en los dirigentes. Este es el momento en que los dirigentes políticos que se proclaman demócratas (no importa de dónde vengan) pasen la prueba del ácido: frente a un resultado hasta cierto punto inesperado, con un margen "estrecho" a favor del ganador, pero con un cumplimiento pleno de las reglas, con una actuación éticamente impecable del árbitro (el TSE), con garantías para que los ciudadanos expresaran su voluntad plena, ¿se comportarán como demócratas plenos los perdedores? ¿Seguirán algunos azuzando y propalando especies falsas e infundadas, insinuando o proclamando falsas irregularidades, tratando precisamente de crear condiciones para deslegitimar a los ganadores? ¿Buscarán obtener fuera de la democracia lo que no consiguieron en democracia?
Si los perdedores en la disputa presidencial pasan la prueba del ácido democrático, podrán, con todo derecho, hacer uso del poder adquirido en el órgano legislativo y en las municipalidades para, democráticamente, hacer oír su voz y expresar con sus votos su interpretación del mandato que recibieron. Pero si, con tretas, devaneos y labor de zapa, agreden a la democracia, no solo perderán la prueba, sino que sencillamente quedarán aplazados y con la asignatura democrática pendiente. Lo que viene requiere gran madurez y capacidad para leer la realidad y los resultados. Esta vez el pueblo habló de nuevo con gran claridad: todos tenemos la obligación de actuar en consecuencia.