
Era la primavera de 1956. Me encontraba de paso en la ciudad de Munich, en el segundo año de un periplo que, sin casi darme cuenta de cómo, terminaría tomando cuatro décadas de mi vida. Las realidades de la guerra habían quedado más de diez años atrás. Fuera de algunas ruinas, no quedaba gran cosa que nos hiciese recordarla, pues, además, nosotros los latinoamericanos no la habíamos vivido. Durante mi corta visita a esa ciudad, había conocido algunos estudiantes latinoamericanos, entre los cuales se encontraba un puñado de costarricenses. Aprovechando una temprana entrada de la primavera, uno de ellos, con quien tenía buena amistad desde mis años de secundaria, me ofreció llevarme a conocer Dachau, un nombre que para mí, en mi estado de feliz inconciencia e ignorancia, significaba muy poco. Sabía que había sido un campo de concentración, pero tampoco eso correspondía en mi mente a una realidad, por así decir, concreta, relacionada con un mundo de hechos que habrían ocurrido ahí afuera, en el mundo.Lo que había visto, allá por 1945, en los noticieros, poco o nada tenía, o parecía tener que ver conmigo. No poseía, ni podía poseer las cualidades de una vivencia.
Pues bien, fuimos en motocicleta a Dachau, mi amigo y yo. Era un día radiante y yo tenía apenas un poco más de veinte años. El "Lager" mismo no tenía mucho que ofrecer a la curiosidad turística. Al menos eso me parece recordar. No había sino unas cuantas barracas descoloridas y otras construcciones, aparentemente de administración, o algo así. Finalmente, había otros edificios en ladrillo, masivos con altas chimeneas apuntando al cielo. Mi amigo (ahora preferiría poder decir "conocido", pero estaría faltando a la verdad) apuntó con el brazo a estas últimas estructuras y dijo, con una pequeña sonrisa (que no era de broma): "Lástima que esos hornos no sigan funcionando para lo que fueron construidos". Por unos momentos no entendí lo que quería decir. Pero, después de unos instantes, la enormidad, la monstruosidad de lo dicho penetró mi cerebro como un latigazo. Por primera vez en mi todavía corta vida había encontrado alguien cuyo odio era lo suficientemente salvaje como para desearle la muerte a otros seres humanos.
Y, todavía peor, a seres humanos a quienes ni siquiera conocía personalmente, simplemente porque eran miembros de un determinado grupo étnico.
No supe qué responder, lo que todavía hoy, más de cuarenta años más tarde, me avergüenza profundamente, un silencio que me convertía, sin yo quererlo, en cómplice y que nunca me podré perdonar. Ahí y en ese momento, en esa mañana radiante de mi juventud, me di cuenta de la terrible capacidad para el mal que poseemos los seres humanos. De ahí proviene mi toma de conciencia y mi escepticismo hacia mí mismo y mis congéneres. En ese momento perdí mi inconciencia y mi inocencia. Mi compatriota y yo regresamos a Munich en silencio. El ya no existe. Ojalá su dios. que no es el mío, lo haya perdonado.