En octubre de 1985 falleció el famoso actor de cine Rock Hudson. Después de un triste deterioro físico, visible día a día, murió consumido por un virus que destruyó su sistema inmunológico. Su muerte tuvo un gran impacto en la opinión mundial porque de aquel galán de cine, alto, hermoso, fuerte y guapo –con más de 30 películas al lado de estrellas tan rutilantes como Doris Day– no quedó nada de su envidiable imagen de salud y éxito. En la percepción de millones de personas acerca de lo que era el sida se produjo un gran cambio y numerosos grupos de riesgo –homosexuales y drogadictos– comenzaron a tomar precauciones para evitar el contagio del mortal virus.
Han pasado casi 20 años desde la muerte del saludable actor; numerosas celebridades y millones de seres anónimos han muerto, pero el avance del sida no ha podido ser detenido en las sociedades ricas y desarrolladas y menos en las zonas geográficas que concentran los mayores niveles de pobreza, falta de educación y pésimas condiciones higiénicas. En este momento se estima que hay 38 millones de seres humanos infectados con el virus, y en dos años, si no se hace nada efectivo para combatirlo, tendremos 15 millones más.
Para armas sí. En el reciente congreso efectuado en Bangkok sobre este tema, se han escuchado, entre otras, las autorizadas voces de Kofi Anan y Nelson Mandela; el Secretario de las Naciones Unidas se ha preguntado por qué los países más poderosos no pueden poner el mismo entusiasmo que muestran en armarse para lograr la seguridad nacional, en aportar los millones de dólares que necesita África para salvar al creciente número de enfermos de sida. Nelson Mandela denunció que las muertes por tuberculosis, que en Occidente han descendido a niveles mínimos, son muy numerosas entre los niños y las mujeres debilitados y sin defensas por el terrible virus.
Esta pandemia del sida tiene un carácter perverso, que la hace sumamente peligrosa y difícil de combatir. La perversidad surge de la íntima relación que se establece entre vida y muerte en la satisfacción del instinto sexual. Bien sabemos que el apetito sexual es una poderosísima fuerza en los seres humanos, necesaria para la conservación de la especie, en particular cuando en los primeros tiempos los hombres no conocían sus consecuencias reproductoras. El hombre primitivo embarazaba a cuantas mujeres podía porque así se lo demandaba su instinto. En nuestros días sigue siendo igualmente poderoso y exigente, pero se supone que el progreso social, en algunos casos la religión, en otros el sentido de responsabilidad y sobre todo la autonomía que en ciertas sociedades han adquirido las mujeres, ha separado la satisfacción sexual de la función reproductora. Pero en las sociedades más pobres, con carencias notables en educación, salud, vivienda, etc., las relaciones sexuales proliferan y son impuestas a las mujeres por sus hombres, muchas veces en forma irresponsable, conduciendo a millones de niños por nacer y sus madres a la muerte. Por eso el contagio del sida adquiere ese carácter perverso: convierte la fuente de la vida en la muerte de víctimas inocentes.
En expansión. El sida se extiende a todo el mundo, porque está presente tanto en sociedades tan pobres y atrasadas como la de Haití, como en los Estados Unidos o la rica Unión Europea. En Costa Rica por supuesto ya la tenemos hace rato y amenaza con crecer porque las estadísticas muestran que los adolescentes cada día tienen relaciones sexuales más temprano y muy pocos se protegen; igualmente numerosos maridos irresponsables contagian a sus compañeras con el virus, que ha dejado de ser un flagelo exclusivo de los homosexuales.
Es necesario adquirir conciencia de que la imparable diseminación del sida en todo el planeta constituye una amenaza muy seria, que debería alertar a los gobiernos más poderosos y a las sociedades más ricas del mundo: ¿seremos capaces de superar el egoísmo y la codicia consustancial de nuestro sistema económico y dedicar parte de los millones que se gastan en armas y en guerras preventivas, por ejemplo, para combatir a un enemigo más peligroso y letal que todos los terroristas de al-Quaeda para que nuestros nietos puedan vivir en una sociedad más sana y justa que la actual? Tristemente lo dudo; no es la falta de lucidez lo que nos matará, sino la de caridad y solidaridad con nuestros semejantes.