Para cualquier felino y nictálope de corazón, la noticia es alarmante: dice el periódico que los cosmonautas de la estación Mir fijarán en el espacio un "sol artificial" de aquí a dos años, un gran espejo destinado a iluminar la noche terrestre.
De esta manera, los tecnólogos lograrán que por fin los antípodas -nosotros y los chinos- compartamos una jornada de claridad las 24 horas corridas.
A pesar de que el 4 de febrero falló un experimento piloto, el plancontinuará, exacto, inevitable; y se nos advierte que la nueva noche tendrá los fulgores de la luna llena, aquella clase particular de bruma que permite ver un gato negro y asir un hilo dental.
Lo cual es una forma suave, anestésica, de avisar que nos quedaremos sin noche. O que nos privarán, cuanto menos, de la noche conocida, la que cambia de acuerdo con la veleidad de los cuartos y mitades de Luna, las nubes, la humedad y otros arcanos atmosféricos.
El asunto afecta a la humanidad. A vos, a mí, a matemáticos, políticos, escultores, rotarios, futbolistas, televidentes, expertos en computadoras, biólogos, señoras y señores, edecanes, otorrinolaringólogos, jueces, desocupados y ladrones.
Quiere decir que ese mar negro invertido, la cúpula que sostiene a las estrellas alucinadas y a partir de la cual es posible descubrir un cometa fugaz y pedirle una gracia, desaparecerá; desaparecerán esas noches de raso, como pilas de agua bendita, abiertas a la contemplación. Esenciales, agregaba Aristóteles.
Muertes anunciadas. ¿Cuántas cosas se perderán con la nochenuestra que evoco y ya añoro? Se perderá -no hay duda- el temblor de cada amanecer; y también, el púrpura y desangrado crepúsculo que nos recuerda un cuadro del Tintoretto.
Se perderá el escándalo de claridades diurnas, precisamente opuestas a la tiniebla. Y nuestro sueño reparador que huye, por amor al negro sobre negro, de las llanuras boreales perpetuas.
Acaso el cambio arruine el trabajo de esos bichos de la sombra que crean otra noche dentro de la noche: Marcel Proust recuperaba el tiempo perdido mientras los demás dormían; Vasco Pratolini solo reanudaba la historia de sus "pobres amantes" cuando ardían los bombillos de la pensión; Osvaldo Soriano ingería milagros nocturnos a la par de un procesador que le dictaba personajes; H.P. Lovecraft tapiaba de madera la ventana contra la aurora enemiga de sus terrores preternaturales; y hubo un mozo itálico -Salvatore Quasimodo- que escapó del pueblo "una noche, con su pobre capa y algunos versos en el bolsillo".
Se acabará la soberbia mutación de acostarnos profetas y levantarnos bíblicos. El juego calidoscópico de la noche al trasluz que nos hace ver -superpuestos- el rostro de ayer por encima del rostro de hoy.
Se acabarán los grillos y las linternas y las escenas memorables de una literatura próxima: recuerdo, por ejemplo, la llamita del fósforo que ilumina la hipnótica faz de Alejandra y la mano estremecida de Bruno y me ataca una novela de Sabato, a quemarropa de héroes y tumbas.
Jurisprudencia poética. Un poeta, Pedro Miguel Obligado, escribió:
En el sereno ambiente, el mar levanta
un himno que es eterno, de profundo;
y la belleza de la noche es tanta
que parece que está soñando el mundo.
Otro, José Asunción Silva nos habló de "una noche, una noche toda llena de murmullos, de perfumes y de música de alas".
Un tercero, Conrado Nalé Roxlo, puso la rúbrica:
Quiero el asombro
de ir silencioso por mi calle oscura,
sentir que me golpean en el hombro,
volverme, y ver la faz de la aventura.
Belleza, lujo y novedad: he aquí el legado de la noche. No dejemos que nadie usurpe el unánime y acústico beneficio de su canto de gallo o las premoniciones de un lucero que no lucirá como antes si muere el ritmo circadiano.
Hay jurisprudencia poética al respecto. Los versos son nuestro mayor alegato. Esto, y la voluntad irrevocable de seguir deseando los viejos deseos.
Yo no quiero para mí, ni para vos, un destino de mineral o de triángulo rectángulo. Tampoco, vivir 25 metros al suroeste de mi flaca persona.
Porque si así fuera, de verdad te digo, me extrañaría muchísimo a mí mismo.