Vicente Fox está asumiendo un gran riesgo. Ha prometido al pueblo mexicano, ni más ni menos, la modernidad política y civil, a sabiendas de que ello supone la titánica tarea de desmontar, después de siete décadas, al ogro filantrópico, al Estado-Partido omnímoda y cerrado, a la corrupción y al clientelismo estatal, a un centralismo presidencial que alcanzó niveles imperiales, una suerte de extensión civil atemporal, real e irreal al mismo tiempo de la semideidad de Monctezuma. Y Fox, en forma arrojada, está prometiendo cambios sustanciales en seis años, una especie de ajuste de cuentas de las manecillas del reloj, una búsqueda acelerada del tiempo perdido. Ha prometido la transparencia, la lucha contra la corrupción, la paz en Chiapas, el control de la gestión política, el pago de impuestos, el aumento de la producción, la inversión social y la lucha contra la pobreza. La descentralización y la modernización del aparato público. Ponerse al día con la historia.
¿Es un riesgo calculado por Fox? Quizá. El nuevo presidente mexicano sabe, como buen vendedor curtido en la empresa privada, que la oferta de la esperanza es, en todo caso, la única opción para generar ilusión y fervor en sus conciudadanos y que ese apoyo popular es un aliado decisivo (y absolutamente imprescindible) para poder meter la mano a fondo y transformar un aparato burocrático que, a pesar de la derrota del PRI, sigue enquistado sociológicamente en la sociedad.
Peligrosa inercia del PRI. El PRI puede haber perdido las elecciones, pero, muy probablemente, su forma de hacer política continuará, por mucho tiempo, impregnando todos los estamentos del Estado. Se trató de una forma de hacer política extendida en el tiempo, caracterizada por el prebendarismo, por el clientelismo malsano, por la corruptela como estado del arte. Esta inercia del poder, a la cual se ha referido recientemente Héctor Aguilar Carmín en su magnífico ensayo, "México: el cambio y las inercias", publicado por la prensa internacional, será la principal amenaza en contra de Fox. Después de la algarabía inicial generada a partir de los primeros meses de la elección, el nuevo presidente chocará contra una realidad palmaria de grupos de poder, de sectores presión, no solo provenientes del PRI, sino, quizá dentro del propio PAN. Se trata pues, de extender la algarabía y el entusiasmo por seis años. Crear una luna de miel que no termine, una suerte de estado de entusiasmo civil orgánico y permanente, que sea su mejor aliado
Sacarle los ojos al ogro. Quizá la clave para romper la inercia cultural y sociológica, y el poder entronizado del sistema mexicano, sea encontrar su definitivo Tendón de Aquiles. O más, justamente, la aguja para sacarle los ojos al ogro. He recordado en estas últimas semanas las conversaciones que sostuve con mi buen amigo, el politólogo mexicano Adolfo Gilly, sobre el sistema político de su país. Primero en 1995, en el Hotel Tirol de Costa Rica, dentro del marco de un Seminario auspiciado por el NID (National Institute for Democracy) y el IIDH (Instituto Interamericano de Derechos Humanos). Unos tres años después, en un pequeño cafetín que hace esquina con Reforma, allá en el DF. Hablamos sobre las dificultades de desmontar un Partido-aparato y una práctica política contaminada ideológicamente con todos los vicios inimaginables y acerca del ingrediente decisivo para el cambio. ¿Es ese ingrediente el mismo que Fox ha encontrado?
La clave, me recordaba Adolfo en esas oportunidades, consistía en entender que la autocracia centralista del PRI ha sido bastante más que una forma de organización política. Una entelequia abstracta que tiene que ver con la cosmovisión mexicana del mundo, heredada del centralismo del imperio azteca, de la administración colonial española, del teologismo laico que la Revolución Mexicana entrañó. Esas claves se encuentran en un largo texto enviado por Octavio Paz a Adolfo Gilly, cuando el segundo estaba encarcelado por su propio gobierno en la Carcel de Lecumberri en 1972, texto titulado espléndidamente Burocracias celestes y burocracias terrestres . Allí Paz ahonda en el carácter totalizador ideológico y político, cultural y, en definitiva, supra-institucional por medio del cual el Estado-Partido enajenaba y se enajenaba a sí mismo. El germen del cambio, decía Paz, tenía que venir de la propia sociedad, una suerte de remezón cívico, una pérdida del temor a la autoridad. La revuelta de Isaac contra Abraham, diría el que escribe estas líneas. En alguna medida, esa revuelta ciudadana, ese frenesí civil y ese sano entusiasmo ciudadano que se respira hoy en todo México, es el arma por la cual está apostando Vicente Fox. Quizá haya encontrado la aguja para sacarle los ojos al ogro. Los próximos años dirán si, efectivamente, Fox ha dado en el blanco.
Sexenio de pactos y negociaciones. El presidente Fox ha ganado contundentemente la presidencia y, sin embargo, no tiene mayoría en las Cámaras. Se trata de una presidencia con pocos instrumentos de poder, que tendrá que apelar a la negociación De los 500 miembros de la Cámara de Diputados, el Partido Acción Nacional (PAN) y su aliado el Partido Ecologista, alcanzan apenas 223. El Ejecutivo no tendrá otra opción que negociar con el PRI que tiene 211 votos, con los 50 del PRD (Partido Revolucionario Democrático), y con otras fuerzas menores. En el caso del Senado, la situación es igual. El PRI retiene 60 de los 127 senadores de la Cámara Alta, mientras el PAN y los ecologistas poseen apenas 51 y el PRD 16.
La prueba de fuego de Vicente Fox será negociar la más importante de sus propuestas: la reforma fiscal y tributaria. México posee una bajísima y tercermundista carga tributaria del 11 por ciento del PIB. Fox ha declarado su intención de ampliar el espectro de la captación tributaria, haciendo pagar más a los que más poseen, afinando los mecanismos fiscales, eliminando las exenciones y los paraísos fiscales. Se trata de una medida clave para modernizar México. Solo a partir de una mayor captación de recursos será posible la inversión social para construir clases medias sólidas y con capacidad de compra. A su vez, el fortalecimiento de clases medias redundará en crear un amplio mercado interno que fortalecerá a la economía mexicana. No solo los dinosaurios políticos del PRI, aliados a sectores industriales beneficiados con la prebenda, podrían oponerse a esas medidas tributarias sino, también, el México estanciero y ganadero de su propio PAN, acostumbrado a la lenidad impositiva y neofeudal. Es una difícil tarea la que tiene Fox por delante. Sus principales aliados serán, sin embargo, sus propios compatriotas.