
Érase una vez, un país pequeñito, bonito y querido por casi todo el mundo. Resulta que en ese país para comerse una manzana o uvas en Navidad, había que viajar hasta la frontera sur, hacer malabares durante el trayecto de vuelta para la casa. Pero el solo hecho de llegar con esos manjares, ropa de ciertas marcas, chocolates que no fueran Gallito, tales como Snickers, M&Ms, entre otros, significaba una verdadera fiesta para los hogares que se podían dar ese lujo. Los zapatos tenis que usábamos eran Bilsa, Bracos, Adoc o alguna otra marca nacional.
El sistema de mercado era sumamente protegido, y a lo máximo que se podía aspirar era a consumir bienes incluidos en el Mercado Común Centroamericano.
Este pequeño país, igualmente, protegía los servicios de telecomunicaciones, electricidad, seguros médicos y de cobertura, bancos y finanzas.
Cambios marcados. Con el paso de los años, las cosas empezaron a cambiar, se fueron firmando tratados comerciales con otros países, se fueron rebajando aranceles a productos de otras regiones, las empresas locales invirtieron en nuevas y modernas máquinas, los bancos ampliaron los horarios y servicios para competir con los de la empresa privada; la población tenía acceso a productos y alimentos de naciones allende Centroamérica. Las inversiones llegaban por doquier y el país ya no podía cerrar la puertas y volver atrás.
Resulta que, cuando la nación de mayor volumen comercial quiso ingresar a esa apertura, una serie de pseudopolíticos intelectuales y sindicalistas, que nunca han tenido éxito, ni han laborado o fundado empresas de beneficio para el pueblo, se han opuesto radicalmente a que ingrese la nación más grande a comercializar con ese pequeño país.
Costarricenses, es tarde ya para cerrar las puertas que se empezaron a abrir en la década de 1980; el mundo está globalizado, no retrocedamos de nuevo, para ir a la frontera sur a buscar uvas y manzanas.
¡No tardemos tanto en firmar lo mismo que en Panamá se firmó en 15 días!