Un PLN desarticulado. Algunos partidos minoritarios obstruccionistas. Una arremetida demagógica del populismo. Frecuentes entrabamientos en la maquinaria de Zapote para sacar la tarea en el Congreso. Falta de claridad en las prioridades gubernamentales. Y una demoledora metida de pata con los ingresos presidenciales.
Todo lo anterior conforma el rompecabezas que no logró armar don Miguel Angel Rodríguez durante la segunda mitad de su primer año de gobierno. Y si algún hilo conductor, más conceptual que otra cosa, puede encontrarse en ello, es la enorme dificultad para construir un puente adecuado y eficaz entre los estimulantes resultados del proceso de concertación y la acción política necesaria para convertirlos en realidad.
Es lamentable como fenómeno nacional, pero fascinante como objeto de análisis, el tránsito tan breve desde la percepción de desajuste que dejó la anterior administración hasta clima de sosiego y esperanza que trajo la concertación, para pasar luego a un ambiente de descontrol político-legislativo, que se reflejó en el estéril período de sesiones extraordinarias. Todo en el lapso de un año.
Si alguna lección esencial debería aprender el Presidente de esta experiencia, es que su clara visión sobre el futuro nacional y su indudable vocación democrática y republicana, unidas a la capacidad de conciliar, no bastan para hacer el tipo de gobierno que necesita el país. La puerta del porvenir requiere una urgente llave de acción política, más importante y crucial mientras más críticos sean los factores de los que depende el éxito.