De un tiempo a esta parte, se oye hablar de los Humala. Cuando se levantaron en Toquepala, tuvieron secretamente mi simpatía. Era una insurrección militar, pero el régimen no era legítimo. Aquella mañana, el padre habló dignamente, y tal vez podía adivinarse en él la armazón mental de un antiguo comunista, probablemente de orígenes andinos.
Pocas semanas después, me encontré con Antauro Humala. Si no recuerdo mal, tuvimos una conversación cortés y, más bien, superficial. No leo su periódico y no he seguido sus declaraciones. En las pocas que he leído, parece haber indignación, rabia, mesianismo, pero todo expresado en un lenguaje contrario a un estado de derecho. Esa lengua flamígera se oyó ya en otros idiomas. Serbia, Afganistán, México. ¿Bolivia?
El fenómeno Evo Morales es distinto. Si el embajador norteamericano no hubiera hecho unas declaraciones desafortunadas, poco antes de la elección, quizá el voto de Morales no hubiera crecido. Por otro lado, aunque tenga una ideología izquierdista, más que a esta, representa un sector de sembradores de coca, al que se reprimió, pero al que no se ofreció un sustituto.
De la imitación al desprecio. No puede desconocerse, sin embargo, que estos y otros fenómenos similares repiten nociones muy extendidas. Hace poco, en mis clases del Instituto de Gobierno, hubo alumnos que creyeron necesario, para explicar el subdesarrollo contemporáneo, remitirse a las heridas de Cajamarca en 1532. Leo estos días Travesía liberal, un magnífico libro del historiador mexicano Enrique Krauze, que incluye una entrevista a Isaiah Berlin. Preguntarán qué tiene que ver esto con Humala o Evo Morales.
Berlin se murió como un inglés, pero había nacido en Riga, y su vida intelectual giró alrededor de los pensadores rusos. Krauze le pregunta si había algo en Rusia que la predispuso más al marxismo que al liberalismo democrático.
Después de las guerras napeolónicas, muchos intelectuales y oficiales rusos fueron a París. Tuvieron un choque. Se interrogaron: ¿qué tienen ellos que no tengamos nosotros? ¿Somos tan bárbaros o tenemos algo “especial” que los “civilizados” no entienden?
Cuando un país más o menos atrasado, razonaba Berlin, se encuentra con una civilización que considera superior, se vuelve consciente de su propia identidad. Su primera reacción es imitarla. Luego sienten desprecio por esa imitación. Entonces afirman su “identidad”, no importa cuán atrasada sea. Se vuelven orgullosos de su “utopía arcaica”.
Bill Gates y Evo Morales. Es un mecanismo universal, que se ha repetido muchas veces. En el caso de aquellos rusos dio lugar a un eslavismo fanático y fundamentalista. En América Latina produce “indigenismo”, asociado ahora a un sentimiento “globofóbico”. La globalización puede volver a estimularlo ese tipo de reacción. Porque la globalización, la integración vertiginosa de los mercados, no es solo ni principalmente un tema de aranceles, de apertura o barreras al comercio. Implica una transformación radical, global, de las sociedades. Despierta los atavismos.
Precisamente el domingo 16 de noviembre, Thomas Friedman tituló su columna en el New York Times, “El factor humillación”. “Si he aprendido algo cubriendo la política internacional es esto: la fuerza más menospreciada en las relaciones internacionales es la humillación”.
Si Friedman tiene razón, entonces a mayor globalización tendremos, paradójicamente, más choque de identidades, más “humillación”, más sensación de inferioridad, de inseguridad, de “desplazamiento”. Con Bill Gates, llegará siempre un Evo Morales. Son fenómenos contrapuestos pero están conectados. La educación es la que los conecta.
En la globalización hay países de capacidades sofisticadas, fundadas en el conocimiento, en la creación tecnológica, y países que exportan bajos salarios. Lo que los separa es la línea Maginot de nuestro tiempo: la educación. Como se sabe, antes de la Segunda Guerra, Francia cavó una línea que la protegería de Alemania, pero las divisiones blindadas alemanas, avanzando por Bélgica, la inutilizó. Fue un caso típico de política arcaica que no pudo contener un desarrollo técnico.
¿Por qué tantos latinoamericanos tienen ideas tan arcaicas sobre el desarrollo, la riqueza, la economía? ¿Cuál es la fuente de esa persistente “utopía arcaica”? La educación: tal vez los maestros de las escuelas primarias. Allí arranca la cultura económica de los países, es decir, las ideas sobre cómo se crea la riqueza de las sociedades.
¿De qué lado queremos estar? Siempre fue así. Todos sabemos, por ejemplo, la calidad del liceo francés. ¿Cuál fue su importancia histórica? Convirtió a unos campesinos, que vivían en Francia, en franceses. Por tanto, la educación puede servir para fines distintos: o para preparar poblaciones para la globalización, o para perpetuar la utopía arcaica.
Si se escoge la primera opción, eso no significa borrar las diferencias culturales. Muchos creen que la globalización uniformará la cultura mundial, la “americanizará”. Otra posibilidad, sin embargo es que, contra esa suposición, la globalización promueva más bien la diversidad cultural.
A fines del siglo XV, apareció la imprenta. La lengua franca de la época era el latín. Pero la imprenta no lo universalizó, más bien lo mató, y fue reemplazado por lenguas vernáculas que se convirtieron en las grandes lenguas nacionales europeas. Benedict Anderson, al estudiar en Comunidades imaginadas el surgimiento del nacionalismo, ató ese surgimiento a la aparición de esas lenguas.
Hoy el inglés, aunque es la lengua de la creación técnica, es una lengua minoritaria, hablada por 375 millones de personas. Se supone que hacia el 2050 la hablarán 508 millones (contra los 486 que hablarían el español, y 482 que hablarían el árabe). En cambio, el chino lo hablarán 1,400 millones de personas. Y el hindi y el urdú, casi 600 millones. No es un tema de diversidad o uniformidad, sino de competitividad. ¿Queremos producir Bill Gates, o Evos Morales? ¿De qué lado queremos estar en la línea Maginot de nuestro tiempo?
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Alfredo Barnechea, escritor y analista político peruano.