De camino hacia Jinja, Uganda, donde nace el Nilo Blanco, se observa un Africa que, contrario a la mayoría de su territorio, es verde, fértil, lluviosa y con abundancia de pequeños productores. La semejanza del paisaje con el costarricense es evidente. Las parcelas campesinas tienen, en general, su milpa, plátanos, bananos, yuca, camote y gallinas. En algunas más grandes, siembran café. Los niños caminan hacia las escuelas con sus uniformes amarillos. A pesar de ser continentes apartes, la vegetación y árboles también son similares.
La reflexión sobre lo común se interrumpe ante el contraste con el entorno africano. Contrario a la reciente prosperidad de Uganda, no puede dejar de pensarse en la inestabilidad y genocidio en países vecinos. Son países jóvenes, con fronteras arbitrariamente diseñadas sin respetar las diferentes etnias.
Sin embargo, una reflexión sobre lo absurdo del conflicto étnico lleva a la conclusión, que este no es monopolio de países jóvenes. La Segunda Guerra Mundial tuvo ese origen y, más recientemente, la guerra en la antigua Yugoslavia también.
Bien señaló E. Fromm que el fenómeno del nazismo se explica por el miedo a la libertad en condiciones de rápido cambio e incertidumbre. La gente prefiere renunciar a su libertad y seguir a demagogos que explican la crisis en términos de las actividades de otro grupo étnico. De aquí al genocidio es un asunto de agitación. Quien, ante el cambio, es presa del miedo es fácilmente manipulable y propenso a creer grandes mentiras.
La fuente del Nilo impone silencio y lava la frustración con la humanidad. El majestuoso Nilo nace grande y caudaloso, forma una laguna y se precipita deseoso a su destino en el Mar Mediterráneo, no sin antes haber fertilizado las tierras de culturas ancestrales.
La naturaleza está llena de símiles con respuestas para quien desee leerlas en su libro viviente. El agua que conforma el Nilo surge, sin diferenciación alguna en su origen, de las profundidades de la tierra para, en su destino final, fundirse nuevamente con otras aguas indiferenciadas. El tránsito del río, su vida, se regula por dos factores: la gravedad que atrae al agua y la topografía que determina su curso y accidentes. La distancia que recorre por unidad de tiempo es función de gravedad y topografía.
La vida humana nace y acaba en el espíritu. Las diferencias son transitorias y superficiales. A su vez dos factores regulan la vida: la voluntad propia y la voluntad del Padre, el diablillo interior y la fuerza del alma, el desamor y el amor. La distancia espiritual en el recorrido de la vida por unidad de tiempo es función de la interacción entre el amor y el desamor. La diferencia con respecto a los ríos surge del libre albedrío. Los accidentes topográficos de la vida pueden, hasta cierto punto, alterarse por decisiones propias. La velocidad del avance depende entonces de la persona. Se pueden crear obstáculos y permanecer apegado, deteniendo así el avance, hasta requerir, en algunos casos, de golpes externos para reanudar el flujo.
El río corre alegre con su murmullo, consciente de su origen y destino, no tiene pretensiones de individidualización y conflicto con lo aparentemente distinto. La persona humana, amnésica de origen y destino, puede caer presa de diferencias externas, no descubrir la unidad trascendente y, en medio del miedo, entrar en conflicto con los demás y con otras etnias.
El río, si encuentra saltos, cae en cascada; llanuras, aminora su paso; obstáculos irremovibles y altera su curso. Fluye, sigue las instrucciones de la gravedad. La persona humana al acatar la voluntad propia, sus apegos y deseo de individualización frente al Padre, al no seguir las indicaciones del alma, al no escuchar la voluntad del Padre, no fluye en su vida y es presa del miedo. No salta en cascada, pues se paraliza, intenta correr en llanura y se agota, y se sigue tropezando con la misma piedra. Lejos de disfrutar su libertad, escoge el miedo y la esclavitud de la voluntad propia.
Al final, la persona humana es libre para descubrir la fuente de la libertad y esta, como la del Nilo, es interior, y así como el río nace constantemente, la libertad debe nacer constantemente. La libertad interior es, a su vez, la fuente de la felicidad.