Me extrañó la reacción del profesor, que de hecho es uno de esos maestros excepcionales. Hablábamos de un alumno nuestro, que sobresale por su capacidad académica y por su disposición por ayudar a sus compañeros. Aquellos jóvenes que se benefician con su ayuda siempre acuden a mí con el mismo comentario, pues este muchacho tiene el don de comunicarse con sencillez y simplicidad. Así se unen en él dos cualidades ideales para un profesor: pasión por el conocimiento y capacidad para transmitirlo a otros.
Expresé al profesor mi deseo de que ese joven se convirtiera en educador, a lo que él reaccionó en contra con apremio. Argumentaba que eso sería un desperdicio, habría que esperar que él tuviera éxito en alguna compañía u empresa que supiera explotar su talento. Le mostré mi sorpresa, porque educar es una tarea muy noble, además de ser uno de los pilares principales de la sociedad contemporánea. Sin embargo, entiendo al profesor: hoy en día el trabajo del maestro puede ser frustrante, porque es una profesión que ha ido perdiendo prestigio. Esto se debe a dos factores, en primer lugar, porque el criterio fundamental de realización es alcanzar bienestar personal y reconocimiento social. Y, en segundo lugar, por el abaratamiento que se ha hecho de la labor educativa.
En efecto, la vocación del educador implica mantener siempre un perfil bajo según los estándares sociales. Las aulas no son un lugar que frecuentemente aparezca en los medios noticiosos, porque en ellas el trabajo se hace poco a poco, con paciencia y una muy buena dosis de pasión. No es algo sencillo, porque además de una adecuada preparación profesional, el buen maestro debe suscitar en los estudiantes la pasión por el conocimiento y la conciencia de su utilidad. Forjar las mentes jóvenes significa ser claro y exigente, reconocer esfuerzos y limitaciones, pero, sobre todo, sembrar en ellas el deseo de abrirse críticamente a un mundo enormemente vasto.
Lo más realizador. En cuanto a lo segundo, la universalización de la educación sin un plan adecuado de implementación ha dejado como producto la idea de que cualquiera puede ser profesor. Es claro que la gente sin los títulos pertinentes muchas veces ha sido asignada a territorios de difícil acceso, pero como en esos lugares lo poco que se ofrezca es una ganancia, se ha caído en la mediocridad y en la falta de respeto hacia los habitantes de esas zonas, casi considerados como ciudadanos de segunda clase. El resultado es que se ve nuestro sistema educativo como una oportunidad para conseguir trabajo fácil, y muchas veces favorecido por la recompensa política.
Visto, sin embargo, con ojos serenos, ser profesor es un enorme privilegio y una gigantesca responsabilidad. Tener al frente cada día un grupo de estudiantes y ayudarles a crecer en el espíritu, no es una vocación barata. Para ser un buen educador, hay que actualizarse y pasar muchas horas corrigiendo trabajos, exámenes y tareas, lo que implica una gran dosis de sacrificio y disciplina. También se deben sortear los obstáculos propios de todo sistema educativo: como todos creen saber lo suficiente para opinar y juzgar la labor pedagógica, no le es extraño al docente tener que defender los propios principios en situaciones límite. Pero, con todo, no hay nada más realizador que oír a un antiguo alumno contar cómo la educación recibida le ha ayudado en su propia vida. No hay dinero o fama que se le pueda comparar a eso.