La filípica que le lanza don Miguel Angel Rodríguez al proyecto para conmemorar el medio centenario de la Revolución de 1948, nos recuerda a aquella aristocrática dama londinense, durante la época victoriana quien, al enterarse de la teoría de la evolución de Darwin, exclamó con indignación: "¡Si no se puede refutar la tesis de que el hombre desciende del mono, al menos hay que evitar que el pueblo se entere!"
Se opone a que se divulguen esos acontecimientos y pontifica sobre "la necesidad que tenemos de mantener la unidad nacional". Sostiene que no se debe "renovar la memoria sobre situaciones pasadas que en nada contribuyen a la unidad de la familia costarricense ni a la edificación de nuestro futuro". Mantiene que "deseamos vivir en paz, en el clima de unidad nacional&...;" y "avizorando sin odios y más bien con esperanza tiempos más augustos para todos los costarricenses."
Mucho me temo que Francia trepidaría con delirante hilaridad si propusiera inmolar en una inmensa hoguera, en la Place de la Concorde, todos los libros que se han escrito sobre la Revolución Francesa y, más aún, si exigiera la prohibición de los jubilosos festejos del 14 de julio, para conmemorar la toma de la Bastilla, con el peregrino argumento de que pueden resucitar los resquemores entre los legitimistas, los jacobinos, los girondinos y los bonapartistas.
Nos preguntamos si las campañas electorales con las que nos flagelan cada cuatro años no tienen como propósito, precisamente, destruir esa "paz, en el clima de unidad nacional", con una propaganda que, como un lavado cerebral, manipula habilidosamente los odios intolerantes, el revanchismo rencoroso, las pasiones más bajas y un vendettismo fanatizado de muy dudosa estirpe y recurrir a la estafa ultrajante de prometer, mentir y engañar, despilfarrando los menguados recursos de todos los ciudadanos.
Es cierto que la "unidad de la familia" no debe ser alterada. Pero todo parece indicar que la división actual consiste en una separación radical en dos bandos. En uno están los que aún comulgan con ruedas de molino, seducidos por esos cantos de sirena. En el otro, esa vasta mayoría que se niega a emitir su voto, porque se obstina en creer que emitir el sufragio equivale a una burda complicidad en esa grotesca farsa electoral de pan y circo.
Ese enorme sector que -a la deriva, ha naufragado en la orfandad política- se niega a ser partícipe de lo que considera una burla que consiste en revivir odios, adulterar, falsificar, distorsionar, fingir, simular y anestesiar las mentes con falsas expectativas, sueños de opio, alucinantes espejismos y pompas de jabón que se disipan en el aire con un cinismo cruel hacia las víctimas del timo electoral. ¿Ese odio y ese desprecio hacia los políticos, lo provoca la rememoración de un pasado en el que aún existían ideales o la percepción actual de la cruel, dura y cruda realidad de esa mascarada electoral?
¿Esa deserción masiva del electorado y la sensación de orfandad política no emerge de la petrificación de un sistema de partidos desgastados y de las obscenas corruptelas que gangrenan al país? ¿No aflora de la náusea que provoca una demagogia vocinglera de odios, fanatismos, calumnias, insultos, engañifas, hipocresías, tretas, ofensas, patrañas, fábulas, farsas, argucias, fanfarronadas, imposturas, trucos, arrogancias, tartufismos, embustes, mañas, prepotencias, triquiñuelas, rencores, promesas y mentiras --siempre las mismas, tediosamente reiteradas, sin un ápice de imaginación-- con las que el pueblo se siente burlado, engañado y ultrajado?
Además y con el debido respeto, nos parece que tratar de imponerle una mordaza a la divulgación de las causas fatídicas que desembocaron en la Guerra Civil, es insensato, absurdo y peligroso. Creemos que es temerario colocarle una sordina a la verdad y cubrir con una lápida sepulcral las gestas gloriosas de una nación, porque equivale a propinarle un puntapié a la memoria y a trepanar la inteligencia del pueblo. Ocultar la verdad histórica con un manto de silencio es precipitarse en el oscurantismo medieval que culminó en la cacería de brujas de la Santa Inquisición.
Cuando un barco llegaba a Alejandría, se inspeccionaba minuciosamente, no con el propósito de capturar contrabandos o drogas, sino con el de confiscar algún libro sobresaliente, el cual se reproducía y se devolvía, para enriquecer su famosa biblioteca. Dos milenios más tarde, los sicarios de Torquemada registraban igualmente los barcos que anclaban en España y confiscaban los libros a bordo, pero para quemarlos en una pira porque podían contener el virus contagioso de la disidencia a la infalibilidad dogmática.
Los inquisidores de nuestra historia que pretenden que esta no se conozca, que se ignore, que se oculte y que se incinere, consecuentemente tendrán que clausurar la Escuela de Historia, quemar en la hoguera las publicaciones que se atrevan a revelar a las nuevas generaciones los secretos ocultos de la historia patria, y colocar en una cuarentena intelectual a los pensadores que se nieguen a cubrir con una hoja de parra sus vergüenzas, sus atropellos, sus ignominias y sus atrocidades.
Pretender arrancarle capítulos enteros a la Historia, equivale a practicarle una mutilación mental a las nuevas generaciones y una castración a la memoria nacional. Se antepone, por el contrario, la sagrada misión de rescatar y divulgar los hechos pasados que han moldeado la fisonomía de la patria, sin cortapisas ni concesiones a intereses electorales, porque así se evita repetir los mismos errores del pasado. Cada nación, a su vez, tiene el deber y el derecho de conmemorar todas las gestas patrióticas que contribuyeron a rescatar su libertad y a impulsar su progreso.
Aunque intenten ocultarlo, el año 1948 marca el inicio de una era de democratización, de prosperidad, de justicia, de modernización y el surgimiento de un Estado benefactor, positivo y dinámico, que impulsó el progreso de este país y 1998 tal vez será el año de su sepultura si triunfan sus enemigos. Por lo tanto, es justo que todos lo conmemoremos, ya que nos ha deparado ese modelo político que se erige como un paradigma y el cual se proponen destruir quienes, con trasnochados dogmas neoliberales, añoran un pasado caduco, siniestro y tenebroso, haciendo retroceder el reloj de la historia.
Instemos a toda la ciudadanía, por el contrario, a participar jubilosamente y sin mezquindad en la rememoración de esa gesta heroica, emancipadora y patriótica que es patrimonio de todos, como también ha llegado a serlo la valiosa conquista de las garantías sociales, las cuales fueron conmemoradas con plazas, monumentos, estatuas, pompas y ceremonias, sin que nadie se meciera los cabellos, ni se rasgara las vestiduras histriónica, vocinglera y aspaventosamente.
Pero quien insiste en impedirlo con argumentos tan peregrinos, podría, al menos, indicarnos a partir de qué fecha y a qué hora concede su venia para conmemorarlo. ¿En el año de gracia de 3075, en el 5132 o en el 7489? ¿Cuándo se podrán enterar las nuevas generaciones de lo sucedido hace cincuenta años? ¿A mediodía del siglo XXXVII o a la hora del ángelus del noveno milenio de nuestra era? Pero, como es imposible refutar los acontecimientos de la Guerra Civil, tal vez lo que intentan --como la dama victoriana-- es que el pueblo nunca se entere.